Fastidiado abrió la puerta sin siquiera mirar por el ojillo, lo cual en este caso no presentaba gran diferencia ya que no había nada del otro lado.
Se quedó contemplando el pasillo vacío del cuarto piso hasta que la luz se apagó.
- Ni siquiera una carta anónima con algún mensaje espeluznante que desestabilice mi mente y mi cotidianidad como en algún buen libro de John Katzenbach - pensó -.
Lentamente caminó hasta su escritorio y buscó entre todos los papeles alguno que siguiera esperando llenarse de tinta. Cuando lo consiguió agarró su lapicera favorita del primer cajón del mueble. Había adoptado el hábito de usar la computadora y lo había abandonado luego de que un inconveniente eléctrico le hiciera perder el trabajo de una noche entera.
Se sentó en el balcón y encendió un cigarrillo.
El bolígrafo bailaba por la hoja e iba cambiando de ritmo a medida que avanzaba la pieza.
"Soy un lobo solitario. He llegado a pensar que eso es lo que se necesita para ser un buen escritor ya que, siendo honestos, es la razón por la que la mayoría de las personas comienza a escribir.
El papel no juzga, simplemente acata. El contenido y la forma de lo allí plasmado depende exclusivamente del autor, que puede borrar y volver a empezar cuantas veces quiera. Es una escapatoria al mundo real, una alternativa que nos llena de seguridad acompañada de una sensación de supermacía y control.
Pero incluso una hoja termina por arruinarse si intentamos eliminar muchas veces lo que hicimos en ella.
Podría decirse mucho acerca de esto. Algunos de los mejores nunca publicaron sus trabajos. Algunos de los mejores no siguen las reglas de la lingüistica al pie de la letra ni se destacan por el aspecto técnico de sus obras. La mayoría nunca le fue fiel al "Decálogo del perfecto cuentista".
¿Qué es ser un escritor? Mas difícil aún, ¿qué es ser un buen escritor?
Es imposible que todos los lectores aprecien en igual medida una obra o emitan el mismo juicio luego de estar en contacto con ella.
El emisor cuenta con una gran desventaja por no estar presente al momento de la interacción pues el receptor queda expuesto a suponer según su interpretación.
Uno puede tener la meta de gustarle al mayor número de personas, o al menos a las consideradas importantes. ¿Es realmente eso lo que lo vuelve digno de ser leído?
Se estudia la vida de los escritores antes de leer uno de sus libros para intentar comprender qué intentó transmitir. Pero ni en la mejor de las biografías aparece lo que realmente mueve a uno a unir determinados conceptos e ideas; porque los buenos escritores son los que se autoconocen a través de sus obras, dejan que su inconsciente se apodere de su mano y tome la iniciativa. Cuando terminan leen su trabajo y descubren las respuestas a las preguntas que los acompañaban.
Si hay algo en lo que coincido con Charles Bukowski, es la afinidad por la soledad.
Creo que el gran problema que siempre afronté mientras aspiraba a convertirme en un reconocido escritor con trabajos publicados, fue el querer salir del molde. Hay muchas bocas llenas de palabrerías sobre ser diferente para trascender; lamentablemente suelen ser las mismas que se terminan encasillando y volviéndose lo que criticaban.
Mis creaciones son tan austeras como mi vida fuera del papel. Nunca hubo alguien más que el narrador en primera persona. ¿Por qué tendría que? Al menos allí logro lo que acá no: estar absoluta y completamente solo.
Me obsesiona saber qué haría, diría o incluso pensaría si viviera encerrado en un sistema aislado, como una burbuja imposible de pinchar, conocer mi esencia. Por eso escribo.
Cuando empiezo a deslizar la lapicera por el papel sé que no voy a terminar donde espero o creo, porque las ideas comienzan a tergiversarse y metamorfosearse solas.
Aunque intente convencerme o predeterminar el curso de un texto, soy consciente de que no puedo hacerlo. Muchas veces la palabra correcta para una oración a mí me parece un completo disparate, y escribo otra que seguramente un corrector de estilo rechazaría de inmediato. ¡Ah, esas gentes! El común de los lectores no se interesa por si en lugar de decir "apoyar" dice "colocar"; pero para ellos eso parece poder determinar la calidad de uno como artista.
A veces pretendo dominar lo que manuscribo, pero es imposible. En una interacción todas las partes comparten el poder de decisión. Para ser un buen escritor hay que aprehender que no tenemos el mando.
En eso, escribir se parece mucho al amor. Pero esa es la opinión de alguien que nunca estuvo enamorado"
Suspiró. Dobló el papel y lo guardó en su bolsillo para leerlo al día siguiente.
Entró y prendió el aparato de música.
¿Qué querría escuchar esta vez su personaje metido en la burbuja?.
domingo, 14 de diciembre de 2014
jueves, 16 de octubre de 2014
Ya van a ver...
Una bala se estrelló contra la pared de mi
cuarto y supe que era hora de levantarme.
El maldito pedazo de tela que usaba de
colchón era absolutamente inútil, moría de frío.
Siempre lo odié. Aunque con dieciséis años
había aprendido a la fuerza a resignarme.
Me di media vuelta e intenté darle calor a
mi cuerpo con la agujereada frazada que no cumplía mejor su tarea de taparme de
lo que el colchón lograba separarme del piso.
El Sol salió y el día me encontró
observando una mancha de humedad que recubría gran parte del techo.
Me levanté, me vestí y caminé pasando por
las aberturas donde se suponía iban puertas hasta llegar al baño.
Mientras lavaba mi cara pensaba en lo
patética que era mi mentalidad de niño, cuando al tener solo siete años creía
posible un cambio.
Soñaba con una realidad diferente, un
mundo (mi mundo) sin violencia.
Realmente creía que las cosas podían
cambiar y me negaba a aceptar lo que me afirmaban todos los días: ese era mi
destino.
¡Ja, qué idiota!
Mientras recordaba odié mi estúpida
inocencia de niño lleno de esperanzas que no podían estar más lejos de la
realidad.
Mirándome al espejo esa mañana por primera
vez les creí a los que dicen que personas como yo no somos parte de la
sociedad. Era un marginado.
No fue una elección la vida que me tocó,
como tampoco lo fue pagar por ello. Otra vez la maldita resignación; siempre me
lo repetían.
Por suerte a mis hermanos menores les maté
las ilusiones rápido.
Luego de detestar el pasado por unos
minutos porque era más fácil que aceptar que odiaba el presente, salté por el
agujero del baño y recorrí mi barrio.
Conocía cada calle, cada rincón, cada
escondite.
Me senté en una piedra a pasar el tiempo
como todos los días. Lo que paseó por mi mente horas antes volvió, rompiendo la
corteza que me protegía del dolor.
Sabía que en el fondo mis deseos seguían
firmes, no con la inocencia de mi infancia, mas con una esperanza que no muere
con la edad. En la soledad surgían mis ganas de no ser discriminado.
La pelea de dos perros por un hueso me
distrajo y esa fue la diversión de mi día.
Cuando cayó la noche sabía lo que me
esperaba. Esperé que llegara como siempre.
Me levantó de un brazo y repitiendo el
mismo discurso de las diez, me arrastró hasta la esquina.
- Ayer te portaste mal - dijo
mientras me tocaba el moretón que tenía en el ojo-. Más te vale que hoy vuelvas
con mucho, pendejo de mierda. Si no, ya sabés.
Lo sabía. Claro que lo sabía.
Me fui escuchando su ronca risa y con la cara
llena de lágrimas de bronca.
-La puta madre - me dije en voz alta -.
Todo es una mierda. ¿Cómo pudiste creer que podías cambiar pelotudo? Tu propio
padre te lo dejó claro desde los cinco años. Nadie va a darte otra opción,
tiene razón cuando repite y repite que la sociedad es basura y nosotros somos
vistos como la basura de la sociedad. No tenés otra salida, ahora dejá de
llorar como un bebé y preocuparte por lo único que tenés que hacer.
Vi a una señora con una cartera, hora de
actuar.
Estaba cagado, esa sensación nunca se te
va. ¿Pero por qué me iba a importar? Esa mujer seguramente tuviera una vida
perfecta, ¿qué le iba a hacer perder una parte de todo lo que tenía?. Además si
ella creía que yo era un problema, entonces lo sería. No me iba a preocupar por
sus sentimientos cuando nadie en la vida se preocupó por los míos.
Le corté el camino y le mostré un pedazo
de vidrio que tenía en el bolsillo. Ahora el miedo estaba en el aire, lo
sentíamos los dos.
- Dame eso o te corto toda - dije poniendo
mi mano en la cartera.
- Tranquilo - estaba temblando - llevate
todo pero por favor no me hagas nada.
Tomé la cartera, miré alrededor por si
andaba algún botón en la vuelta y me fui corriendo.
Llegué a la misma piedra donde me había
sentado en la mañana y me tiré en el piso. Miré la ganancia y me tranquilizó
saber que no tenía que repetir esa escena, el trabajo del día había terminado.
Caminé lentamente a lo que se suponía era
mi casa. Pasé por arriba de los colchones de mis hermanos y esperé a que mi
padre volviera de llevar a mi madre a hacer lo suyo.
Los escuché gritar una cuadra antes de que
llegaran.
Mamá pasó primero, su rostro estaba
golpeado, la ropa desgarrada. No paraba de llorar.
Me paré y corrí a abrazarla.
- Te creés muy machito y sos un llorón -
escuché que me decía mi padre-. ¿Hiciste lo tuyo? Porque ésta no sirve ni para
puta.
En un impulso me paré y le pegué en la
nariz. Lo último que recuerdo es su puño llegando a mí.
Cuando me desperté noté que tenía la cara
llena de sangre y me dolía todo el cuerpo.
A esa rutina es imposible acostumbrarse y
mucho menos resignarse. La impotencia, la rabia, el dolor.
Otra vez estaba solo. Dieciséis años de lo
mismo.
Lo que había aprendido desde la infancia
resonaba en mi cabeza.
- La escuela no sirve para nada, a la vida
hay que aprender a soportarla en la calle, a los golpes. La ley del más fuerte,
acá nadie te apoya. A veces es matar o morir. Si viene una piña respondés con
dos. Cuidate porque nadie lo va a hacer, los pacifistas y el gobierno son todos
la misma mierda, no saben que existís, y no les interesa. Así te tocó vivir, no
hay otra pa' vos.
Agarré la navaja que tenía escondida y
salí. Mi padre no tenía la culpa de ser así, los botones y la sociedad de
mierda lo convirtieron en lo que era. Tenía que ser como él, tenía que hacerme
valer.
No vi venir a la yuta. Me tiraron al piso
a la fuerza y me subieron al patrullero.
- Ahora vas a ver pendejo, encerradito vas
a aprender a respetar- dijo cagándose de risa-. No hay arreglo para la gente
como vos, nacen ratas y así se mueren.
Mi padre estaba en lo cierto. Me repetí lo
mismo unas cien veces.
Llegamos a la comisaría y me mandaron a
una celda.
Me terminaron condenando a tres años por
asalto agravado.
Entre estas cuatro paredes en las que vivo
encerrado veintitrés horas por día confirmo lo que mi padre, el policía y todo
el mundo decía y sostiene. Soy una basura inservible sin arreglo, y estoy donde
tengo que estar. Así que voy a tener que ser el mejor en eso.
Los odio, a los botones, a mi familia, a
todos los chetos que creen que tienen una vida perfecta. No saben nada.
Ya van a ver cuando salga...
miércoles, 15 de octubre de 2014
Encierro
Arranco esto sin rumbo, como muchas de las cosas que hago.
A veces se empaña el vidrio delantero y me olvido de a dónde quería ir, o el camino presenta una bifurcación y sin saber el por qué decido tomarla.
Pero el verdadero problema aparece cuando el retrovisor falla, pierdo la perspectiva, la dirección y el sentido.
Me imagino una ruta ideal en mi mente que se ve afectada luego por esos inconvenientes.
Decido abandonar esa trayectoria y tiempo después emprender una distinta.
El recorrido que tengo que hacer es magnífico. Hermosos paisajes y grandes lugares por visitar. Tiene sus dificultades, claro está, pero vale la pena cada segundo de sacrificio.
Sin embargo, luego de la emoción inicial, cada vez que avanzo empiezo a recordar el camino anterior, cómo no era como yo lo había soñado, cómo eso era solo virtual, cómo casi choco; miedo.
¿Hasta qué punto una mala experiencia nos termina afectando todas las siguientes?
Es decir, existen los pre-conceptos, los prejuicios y los valores, pero nadie dice que no puedan variar con el tiempo.
Me asombra mirarme desde afuera (si es que eso es posible) y darme cuenta que aunque soy altamente consciente de que esos cambios existen, hay una impenetrable pared en mi mente que no se atreve a aceptarlos.
Pelear contra alguien o algo externo depende de nuestra voluntad y decisiones a la hora de hacerlo. Lo importante es estar convencidos de lo que vamos a hacer y a qué nos enfrentamos, sin fallarnos a nosotros mismos.
Ahora yo pregunto: ¿cómo mierda se lucha contra uno mismo?
Es realmente insoportable despertarse y darse cuenta de que mientras creíamos descansar nuestra mente no lo hizo. Abrir los ojos y que nos ataquen contradicciones, indecisiones e incluso soluciones poco felices a todo esto.
Porque con lo de afuera podemos, ¿pero con lo de adentro?
Quiero seguir, quiero avanzar. Quiero poder levantarme sintiéndome feliz y disfrutar MI elección que SÉ que me hace bien. PERO NO PUEDO. Y lo peor es que NO SÉ POR QUÉ.
No sé contra qué lucho porque está adentro y ni siquiera lo veo. No quiero pelear conmigo misma, pero esa maldita parte de mí se empeña en quedarse en lo malo y no creer que se puede mejorar.
Lo frustrante es creer que uno está dispuesto a hacerlo y que un bichito de adentro te golpee y te haga creer que no, y que vos le digas que sí, y siga insistiendo; cuando te das cuenta que ese bichito también es parte de vos aunque te parezca que sin duda alguna debe ser otro ser que te está succionando el cerebro para no dejarte estar bien.
Al intentar no pensar en eso que nos afecta terminamos haciéndolo igual, en el afán de evitarlo lo invocamos.
¿Cuál es la solución? Abandonar la ruta nueva no sirve porque sabemos que podemos disfrutarlo como lo hicimos al principio, y no queremos salirnos de ese camino. Pero el precio a pagar quizá es muy alto, porque llega un punto en el que ya no nos permitimos sentirnos bien ni poder hacer progresos. Tapamos todo lo lindo con algo malo que nada tiene que ver con esa situación pero se lo atribuimos y así destruimos toda la felicidad que nos rodea. Seguir de esa manera tampoco es viable.
¿QUÉ CARAJO SE HACE?
No importa en qué sitio del mundo me encuentre, sigo encerrada en el mismo lugar.
A veces se empaña el vidrio delantero y me olvido de a dónde quería ir, o el camino presenta una bifurcación y sin saber el por qué decido tomarla.
Pero el verdadero problema aparece cuando el retrovisor falla, pierdo la perspectiva, la dirección y el sentido.
Me imagino una ruta ideal en mi mente que se ve afectada luego por esos inconvenientes.
Decido abandonar esa trayectoria y tiempo después emprender una distinta.
El recorrido que tengo que hacer es magnífico. Hermosos paisajes y grandes lugares por visitar. Tiene sus dificultades, claro está, pero vale la pena cada segundo de sacrificio.
Sin embargo, luego de la emoción inicial, cada vez que avanzo empiezo a recordar el camino anterior, cómo no era como yo lo había soñado, cómo eso era solo virtual, cómo casi choco; miedo.
¿Hasta qué punto una mala experiencia nos termina afectando todas las siguientes?
Es decir, existen los pre-conceptos, los prejuicios y los valores, pero nadie dice que no puedan variar con el tiempo.
Me asombra mirarme desde afuera (si es que eso es posible) y darme cuenta que aunque soy altamente consciente de que esos cambios existen, hay una impenetrable pared en mi mente que no se atreve a aceptarlos.
Pelear contra alguien o algo externo depende de nuestra voluntad y decisiones a la hora de hacerlo. Lo importante es estar convencidos de lo que vamos a hacer y a qué nos enfrentamos, sin fallarnos a nosotros mismos.
Ahora yo pregunto: ¿cómo mierda se lucha contra uno mismo?
Es realmente insoportable despertarse y darse cuenta de que mientras creíamos descansar nuestra mente no lo hizo. Abrir los ojos y que nos ataquen contradicciones, indecisiones e incluso soluciones poco felices a todo esto.
Porque con lo de afuera podemos, ¿pero con lo de adentro?
Quiero seguir, quiero avanzar. Quiero poder levantarme sintiéndome feliz y disfrutar MI elección que SÉ que me hace bien. PERO NO PUEDO. Y lo peor es que NO SÉ POR QUÉ.
No sé contra qué lucho porque está adentro y ni siquiera lo veo. No quiero pelear conmigo misma, pero esa maldita parte de mí se empeña en quedarse en lo malo y no creer que se puede mejorar.
Lo frustrante es creer que uno está dispuesto a hacerlo y que un bichito de adentro te golpee y te haga creer que no, y que vos le digas que sí, y siga insistiendo; cuando te das cuenta que ese bichito también es parte de vos aunque te parezca que sin duda alguna debe ser otro ser que te está succionando el cerebro para no dejarte estar bien.
Al intentar no pensar en eso que nos afecta terminamos haciéndolo igual, en el afán de evitarlo lo invocamos.
¿Cuál es la solución? Abandonar la ruta nueva no sirve porque sabemos que podemos disfrutarlo como lo hicimos al principio, y no queremos salirnos de ese camino. Pero el precio a pagar quizá es muy alto, porque llega un punto en el que ya no nos permitimos sentirnos bien ni poder hacer progresos. Tapamos todo lo lindo con algo malo que nada tiene que ver con esa situación pero se lo atribuimos y así destruimos toda la felicidad que nos rodea. Seguir de esa manera tampoco es viable.
¿QUÉ CARAJO SE HACE?
No importa en qué sitio del mundo me encuentre, sigo encerrada en el mismo lugar.
lunes, 1 de septiembre de 2014
El círculo.
Diferentes puntos de partida. Segunderos alternados.
Ni tiempo ni espacio coinciden.
Cada uno su propia historia.
Átomos dispersos por el mundo sin siquiera ser conscientes de
la existencia de los demás. Hasta que una fuerza los une.
Destino, Universo, Dios, casualidad, causalidad. Cada uno
elige qué etiqueta ponerle, porque no es el nombre lo que hace a su esencia.
Cuando sus caminos se cruzan algo cambia. Pasajero o eterno,
ese encuentro los modifica momentánea o permanentemente.
Algunas conexiones mueren con el tiempo, otras con la vida.
Gabriel García Márquez en su obra "Cien años de
soledad" transmite a través de uno de sus más emblemáticos personajes,
Úrsula, que el tiempo describe un círculo. Los hechos se repiten.
¿No tendrá razón?
Se encuentran grandes relaciones entre actitudes del presente
con acontecimientos pasados. Social, económica, política y culturalmente
volvemos a transitar etapas iguales, en contextos diferentes.
La vida recorre un círculo. Por eso aunque un enlace se rompa
algo queda, intangible pero latente.
Mientras avanzamos en nuestro camino vamos cruzándonos otros
puntos que describen su propia trayectoria, pero pertenecen al mismo lugar que
nosotros.
No podría determinarse con certeza por qué de repente aparece
a nuestro costado una partícula y nos acompaña en el trayecto.
No podemos decidir dónde o cuándo los caminos van a ser
distintos, o en qué lugar y momento volveremos a acompañarnos.
Imaginen que llegamos a un lugar determinado al que
recurrimos con frecuencia. No nos pertenece, no estamos solos allí, no tenemos
el derecho de admisión y permanencia. Si queremos seguir en ese sitio tenemos
que atenernos a las condiciones previamente determinadas por nadie, sino por el
conjunto de todos.
Con el tiempo la costumbre mata la curiosidad de lo
desconocido. Habituados a esa rutina decidimos interactuar con los que nos
rodean, a veces por gusto, otras por cierta obligación externa.
Ahora háganse a la idea de que descubrimos en algunos de esos
átomos perdidos aspectos propios, diferencias necesarias y la premonición de
que algo nos conecta.
¿Fue el tiempo, la libre obligación de convergir
reiteradamente en el mismo punto, o alguna especie de fuerza invisiblemente
incontrolable?
Pero el tiempo no es infinito. Al menos no para
nosotros.
Si llega el momento de separarse, caminos que se hicieron uno
vuelven a bifurcarse. Siempre los unirá un puente, por más angosto que sea: el
pasado. Una unión quizá invisible, hasta que algo la hace notoria, la nostalgia.
Seguramente duela, hasta que la costumbre haga de las suyas y
aprendamos a vivir sin la presencia física pero sintiendo adentro que estamos
un poquito más llenos.
Probablemente volvamos a conectarnos con más seres diminutos,
dispersos en el tiempo y el espacio, sumando y restando enlaces hasta que
lleguemos al final del recorrido.
De eso se trata este círculo. De eso se trata la vida.
viernes, 29 de agosto de 2014
Arte.
¿Existe el arte sin
artistas?
Los tildan de vagos,
ilusos soñadores en busca de una meta inalcanzable. Critican sus elecciones por
no ajustarse al molde de su sociedad ideal, por rechazar lo establecido y
borrar el margen.
Nunca se enjuicia la
importancia del arte en la vida cotidiana. Pero los artistas siempre están en
el ojo de alguna tormenta.
Lógicamente sería
hipócrita que una persona denigre el arte si paga miles de papelitos por tener
un cuadro, o gasta de su sueldo en ir a ver la ópera, por ejemplo.
¿Pero no lo es también
que juzguen a quien ejecuta las obras que tanto admiran?
Generalmente si uno no es
un renombrado artista, se lo señala como alguien que no quiere estudiar, un
hippie que no tiene nada mejor que hacer que tocar la guitarra todo el día,
nada productivo.
¿Acaso los más destacados
nacieron consagrados?
Me tomo el atrevimiento
de afirmar que todos disfrutamos de una buena canción, una pintura o un libro.
El arte es extenso, se
manifiesta en millones de formas.
Un papel firmado por una
persona que estudió lo mismo antes que vos no te hace mejor que otros.
Es algo que se siente, se
estudia, se practica y se ejecuta con entrega, dedicación, esfuerzo y voluntad;
como cualquier disciplina o carrera formal.
Engrandece, da libertad,
una manera de expresión indiscutible. Es propio mientras brinda la posibilidad
de relacionarse con gente unida por la misma pasión.
¿Cómo puede ser tan
criticado y poco valorado el trabajo de los artistas?
¿Por qué se denigra de
esa manera en la sociedad en la que vivimos el no querer ser funcional?
Nos mueven otras cosas.
Usted se llena la boca de
farisaicas palabras contra el arte, pero está leyendo esto.
Dejemos los prejuicios,
seamos conscientes del valor de las disciplinas artísticas.
Porque lo queramos
aceptar o no, lo apreciemos o no, lo que une a todos los seres humanos, nos
ayuda a expresarnos, nos emociona y nos rodea, es el arte.
Miremos a un artista
callejero que decidió jugársela por lo que ama, saliendo de su zona de
seguridad, sabiendo que podría quizá haber estudiado una carrera y tener sueldo
fijo y tranquilidad. Eso es un ejemplo de vida, de lucha.
“Puedo arrostrar tener el
bolsillo vacío, pero se me haría insoportable buscar dentro de mí y no
encontrar nada.”
Valientes.
Valoremos.
“Yo sí creo que el arte
puede cambiar el mundo”
miércoles, 27 de agosto de 2014
Vidas
Eran las dos de la mañana de una noche
gélida. La temperatura estaba sin duda alguna por debajo de los 0 grados. Pero ellos no sentían el frío. Una especie de efecto placebo se los impedía. Afuera el ruido de las ramas golpeando contra la ventana actuaba de orquesta.
Sin embargo, ellos no sentían ni escuchaban nada.
Yacían en su cama, abrazados, extasiados, completos.
Se movió lentamente deslizando su mano por el
pecho del hombre que amaba y se acomodó plácidamente sobre su hombro hasta
quedar profundamente dormida.
Él tenía la mirada fija en el techo, que no se la devolvía. Eso era lo que buscaba. No deseaba que la culpa que sentía fuera captada por el Universo.
No podía parar de jugar con el
anillo que tenía en su mano izquierda como su mente no cesaba de jugar con él.
Le daba vueltas en su dedo, como las ideas en su cabeza.
Tendía a manifestar físicamente las actitudes internas.
Se levantó y se
fue dejándola ahí acostada, sola. Algunas lágrimas amagaron brotar de sus
ojos, pero las contuvo. No se permitiría el lujo de llorar decisiones propias.
Condujo sin prisa, atrasando la llegada. Se sentía seguro en ese limbo entre inicio y final donde no había límites.
El deber y el querer luchaban dentro suyo con ganas de empatar.
Cuando llegó a su casa notó que había perdido la batalla contra las lágrimas.
Cuando llegó a su casa notó que había perdido la batalla contra las lágrimas.
Pasó por el cuarto de su hijo, le dio un beso y lo contempló. Lo amaba más que a nadie en este mundo.
En puntitas de pie, temblando como de costumbre, entró a su habitación y se acostó como todas las noches al lado de su esposa.
En puntitas de pie, temblando como de costumbre, entró a su habitación y se acostó como todas las noches al lado de su esposa.
martes, 26 de agosto de 2014
A la par
Encontramos un acompañante en nuestro viaje, el mejor que podríamos haber
imaginado.
Con el tiempo nos acostumbramos a caminar codo a codo, a levantarnos
mutuamente. Aprendemos de las similitudes y diferencias. Establecemos cierta
distancia si nos sofocamos de pero sabemos que si queremos podemos acercarnos.
La mano que no falta ni falla. No nos suelta. Y si no puede sostenernos,
baja con nosotros hasta que desciframos cómo seguir.
Pero en algún momento los caminos se dividen. Cada uno decide llegar por
una ruta diferente inexorablemente al mismo lugar. El disfrute del recorrido tiene
significados distintos.
¿Cómo se sigue solo después de haber conocido la felicidad de hacerlo
acompañado?
Con la fuerza de los sentimientos que trascienden barreras físicas
intentamos consolar un alma herida por la invencible arma de la distancia.
Dos caminos. Dos caminos que seguramente converjan en algún punto en cierto
tiempo.
Dos mentes. Dos mentes que vagan en busca de lo que desean.
Dos individuos, dos historias independientes y una historia compartida.
Mirar para atrás y ver dos pares de huellas en la tierra que solo pisó una
persona.
Amistad.
lunes, 18 de agosto de 2014
Somos ellos, son nosotros.
"Ya está", "olvidate"
¿Acaso existe alguna experiencia que no nos deje marca alguna? ¿Es posible situar algo en el pasado sin que tenga la más mínima repercusión en el ahora?
"Ya pasó" dicen muchos. Sí, el hecho concreto culminó, pero ¿y las consecuencias?
Nadie puede borrar su memoria voluntariamente.
Negar porque no se ve es necedad.
Las cosas cambiaron, es cierto. Ahora podemos sentarnos a tomar mate en la rambla sin miedo a que nos lleven a la cárcel, si no estudiamos es porque no queremos, o por otros impedimentos; pero no porque un policía va a estar esperando en la puerta del liceo para revisarnos. Ahora tenemos boleto estudiantil gratuito.
¿Pero por qué cambiaron?
Porque un grupo de personas se unió y decidió pelear por ellos y por nosotros, por los derechos que nos arrebataron.
Que ahora saquemos la boletera cuando subimos al bondi como si nada, tiene toda una lucha atrás.
La magnitud de la historia es mucho mayor de lo que vamos a llegar a conocer.
Lo que nos queda son historias, personas que lo padecieron, anhelos, recuerdos y promesas.
Nadie acusa de irrespetuoso o traidor a quien no se sienta parte de esto; porque es una invitación a voluntariamente ser parte de la sociedad en la que vivimos.
Siempre hay motivos para unirse y pelear por un fin común, aunque no sean los mismos que los de otra época y no nos parezcan tan nobles.
Porque el país lo construimos nosotros, y tenemos que demostrar que ser joven no es delito.
Hoy, más que nunca, propongo reflexionar acerca de esto, pensar en los que dejaron todo en esos momentos más por nosotros que por ellos.
No es un deber dejarle un buen país a las generaciones siguientes, pero podría ser un deseo de todos.
La forma de demostrarles a los que siguen acá, y a los que se fueron, que nada fue en vano, que además de todos los cambios que lograron, lo más importante que nos dejaron, fue el espíritu de lucha.
Salú!
¿Acaso existe alguna experiencia que no nos deje marca alguna? ¿Es posible situar algo en el pasado sin que tenga la más mínima repercusión en el ahora?
"Ya pasó" dicen muchos. Sí, el hecho concreto culminó, pero ¿y las consecuencias?
Nadie puede borrar su memoria voluntariamente.
Negar porque no se ve es necedad.
Las cosas cambiaron, es cierto. Ahora podemos sentarnos a tomar mate en la rambla sin miedo a que nos lleven a la cárcel, si no estudiamos es porque no queremos, o por otros impedimentos; pero no porque un policía va a estar esperando en la puerta del liceo para revisarnos. Ahora tenemos boleto estudiantil gratuito.
¿Pero por qué cambiaron?
Porque un grupo de personas se unió y decidió pelear por ellos y por nosotros, por los derechos que nos arrebataron.
Que ahora saquemos la boletera cuando subimos al bondi como si nada, tiene toda una lucha atrás.
La magnitud de la historia es mucho mayor de lo que vamos a llegar a conocer.
Lo que nos queda son historias, personas que lo padecieron, anhelos, recuerdos y promesas.
Nadie acusa de irrespetuoso o traidor a quien no se sienta parte de esto; porque es una invitación a voluntariamente ser parte de la sociedad en la que vivimos.
Siempre hay motivos para unirse y pelear por un fin común, aunque no sean los mismos que los de otra época y no nos parezcan tan nobles.
Porque el país lo construimos nosotros, y tenemos que demostrar que ser joven no es delito.
Hoy, más que nunca, propongo reflexionar acerca de esto, pensar en los que dejaron todo en esos momentos más por nosotros que por ellos.
No es un deber dejarle un buen país a las generaciones siguientes, pero podría ser un deseo de todos.
La forma de demostrarles a los que siguen acá, y a los que se fueron, que nada fue en vano, que además de todos los cambios que lograron, lo más importante que nos dejaron, fue el espíritu de lucha.
Salú!
miércoles, 13 de agosto de 2014
Creer para ver.
La noche se apoderaba de todo cuanto hay. El negro cielo contrarrestaba el aire liviano, cálido pero fresco al tacto.
Los pájaros cantaban posados junto a los búhos, anonadados por la presencia de los pacíficos invasores.
Nubes y estrellas peleaban por reinar el imperturbable cielo.
Hogares con las luces apagadas donde las familias disfrutaban de la cena.
Una chica con la piel del color del maíz y su vestido danzaban al son del viento, junto a un anciano de rostro apacible, cuidadosamente cubierto con un sobretodo y una gruesa bufanda oscura como su tez.
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Se alejó del lienzo y lo admiró. Estaba parcialmente terminado, salvo un pequeño espacio cuya posesión la Luna y el Sol disputaban en su cabeza.
Decidió descansar. Se sentía agobiada por la indecisión y le dolían los brazos por las pinceladas.
Estaba orgullosa de su creación, y aunque sabía que pocos tendrían la capacidad de entenderla para poder apreciarla, su emoción no vaciló ni un instante.
Ya acostada, una idea le relampagueó en la cabeza.
Se levantó y sin siquiera cubrirse se lanzó al atelier. Tomó el pincel, pinturas amarilla y blanca, y consumó su obra.
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- Esta pintura desentona con el resto de la exposición, y su contenido es vano - escuchó que decía una señora que sostenía una copa de champagne en la mano. Su vestido de seda azul combinaba a la perfección con los zapatos y las joyas que cubrían cualquier parte de su piel que su prenda dejara a la vista.
Decidió, después de vacilar, ignorar el comentario. Sin embargo permaneció cerca de la mujer, mirando sin ver una escultura africana, trabajo de un artista extremadamente talentoso que tuvo más éxito en Europa que en su propio continente.
El dueño de la galería, a quien iba dirigido el comentario de la dama, intentó explicarle que a simple vista quizá la pintura no tuviera sentido, pero si se esforzaba lo encontraría.
Por su reacción parecía haberse ofendido. Comenzó una falaz discusión.
Al final, el propietario del lugar se marchó resignado y ofendido.
Tras unos minutos, cuando la mujer del vestido azul se disponía a continuar el recorrido con evidente orgullo y aire triunfante, se alejó de la escultura africana y decidió que era momento de hablarle.
Con aire sosegado se paró frente a ella y no le quedó una palabra sin ser dicha.
- Usted dice que ha viajado por todos los países que forman este planeta y visitado millones de exposiciones de arte, razón por la cual puede determinar de inmediato si esta pintura tiene fundamento.
Argumentó que ha visto todo cuanto hay en este mundo referido a lo artístico. Pero déjeme decirle que estoy casi segura de que nunca pudo apreciarlo.
Para usted el día y la noche son opuestos, cuando la realidad es que se complementan.Cuando aquí reina el más brillante Sol, en algún lugar de la otra mitad de la Tierra impera la Luna. Ninguno sería sin el otro.
Lo mismo con todos los aspectos descritos en ese lienzo.
Este cuadro es el mundo congelado en un instante, cuyas varias piezas fueron combinadas en un solo plano.
Su problema es el de muchos. Al no ver las cosas juntas, afirman que no lo están. Para usted una niña de vestido nunca podría correr junto a un hombre sumamente abrigado, porque o hace frío, o hace calor. No mira más allá de su entorno.
El maldito convencimiento de ver para creer.
¿Y sabe cuál es el problema? Que para ver primero hay que aprender a mirar.
Lo tiene frente a sus ojos y aún así, no lo ve.
Los pájaros cantaban posados junto a los búhos, anonadados por la presencia de los pacíficos invasores.
Nubes y estrellas peleaban por reinar el imperturbable cielo.
Hogares con las luces apagadas donde las familias disfrutaban de la cena.
Una chica con la piel del color del maíz y su vestido danzaban al son del viento, junto a un anciano de rostro apacible, cuidadosamente cubierto con un sobretodo y una gruesa bufanda oscura como su tez.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------
Se alejó del lienzo y lo admiró. Estaba parcialmente terminado, salvo un pequeño espacio cuya posesión la Luna y el Sol disputaban en su cabeza.
Decidió descansar. Se sentía agobiada por la indecisión y le dolían los brazos por las pinceladas.
Estaba orgullosa de su creación, y aunque sabía que pocos tendrían la capacidad de entenderla para poder apreciarla, su emoción no vaciló ni un instante.
Ya acostada, una idea le relampagueó en la cabeza.
Se levantó y sin siquiera cubrirse se lanzó al atelier. Tomó el pincel, pinturas amarilla y blanca, y consumó su obra.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
- Esta pintura desentona con el resto de la exposición, y su contenido es vano - escuchó que decía una señora que sostenía una copa de champagne en la mano. Su vestido de seda azul combinaba a la perfección con los zapatos y las joyas que cubrían cualquier parte de su piel que su prenda dejara a la vista.
Decidió, después de vacilar, ignorar el comentario. Sin embargo permaneció cerca de la mujer, mirando sin ver una escultura africana, trabajo de un artista extremadamente talentoso que tuvo más éxito en Europa que en su propio continente.
El dueño de la galería, a quien iba dirigido el comentario de la dama, intentó explicarle que a simple vista quizá la pintura no tuviera sentido, pero si se esforzaba lo encontraría.
Por su reacción parecía haberse ofendido. Comenzó una falaz discusión.
Al final, el propietario del lugar se marchó resignado y ofendido.
Tras unos minutos, cuando la mujer del vestido azul se disponía a continuar el recorrido con evidente orgullo y aire triunfante, se alejó de la escultura africana y decidió que era momento de hablarle.
Con aire sosegado se paró frente a ella y no le quedó una palabra sin ser dicha.
- Usted dice que ha viajado por todos los países que forman este planeta y visitado millones de exposiciones de arte, razón por la cual puede determinar de inmediato si esta pintura tiene fundamento.
Argumentó que ha visto todo cuanto hay en este mundo referido a lo artístico. Pero déjeme decirle que estoy casi segura de que nunca pudo apreciarlo.
Para usted el día y la noche son opuestos, cuando la realidad es que se complementan.Cuando aquí reina el más brillante Sol, en algún lugar de la otra mitad de la Tierra impera la Luna. Ninguno sería sin el otro.
Lo mismo con todos los aspectos descritos en ese lienzo.
Este cuadro es el mundo congelado en un instante, cuyas varias piezas fueron combinadas en un solo plano.
Su problema es el de muchos. Al no ver las cosas juntas, afirman que no lo están. Para usted una niña de vestido nunca podría correr junto a un hombre sumamente abrigado, porque o hace frío, o hace calor. No mira más allá de su entorno.
El maldito convencimiento de ver para creer.
¿Y sabe cuál es el problema? Que para ver primero hay que aprender a mirar.
Lo tiene frente a sus ojos y aún así, no lo ve.
lunes, 11 de agosto de 2014
Parte 1
Se levantó cantando una
canción que no recordaba haber escuchado hacía ya mucho tiempo. Estaba
acostumbrado, los sueños indescifrables y las letras que fluían por su cabeza
sin sentido aparente eran cosas de todos los días.
Lentamente se dirigió al
aparato reproductor que reposaba sobre la mesa del comedor.
Música al fin.
¿Qué canción quería
escuchar? ¿Qué pensarían los vecinos si hasta sus oídos llega un rock pesado a
las 7 de la mañana? ¿Y si ponía un melódico?
Con todas estas preguntas
sin responder, y bajo la incógnita mayor de por qué las estaba planteando,
llegó al cuestionamiento más difícil de afrontar.
¿Qué música reproduciría
si en ese momento estuviera absolutamente aislado?
Sintió que se caía. Era
la primera vez que le sucedía completamente consciente. Ya había experimentado
esa sensación mientras se dormía.
Estar volando
pacíficamente, absoluto silencio y tranquilidad. Una caída. La cama.
Decidió reprimir esas
ideas, era lo más conveniente.
Se fue a interactuar con
un mundo al cual suponía no querer pertenecer mientras vivía pendiente de las
repercusiones de sus actos en él.
Sin embargo su mente solo
estaba en esa mañana, su apartamento y el reproductor de música. Como un
círculo vicioso cualquier aspecto que recordaba de las horas previas lo
conducía inexorablemente a pararse en la misma cornisa.
Sintió que gritaban su
nombre. No logró reconocer el tono de voz, ni visualizar a quién emitía ese
sonido ahogado, como llorando.
Avanzó en la oscuridad
con el eterno e ineludible miedo de chocarse contra algo, lo que fuera.
Una repentina luz lo
cegó. Cuando sus ojos se acostumbraron, vislumbró en la lejanía una figura
incompatible con cualquier ser que conociera.
El deseo avasallante de
correr hacia ella lo colmó mientras pensaba que después de todo no solo en las
películas las personas se dirigen voluntariamente a lo que parece ser un
monstruo. Decidió tomar nota mental de eso para analizar esa conducta humana, si lograba salir de donde sea que se
encontrara encerrado.
La luz se transformó en
completa oscuridad en menos de un segundo. Fue tan repentino que ni siquiera lo
notó hasta que sintió las sábanas rozando su torso desnudo.
Misma historia
interminable e inentendible.
Otra canción lo acompañó
esta vez. Sin embargo la situación era análoga a la de los días previos.
Estaba acostumbrado a
lidiar con eso. Al principio le parecía asombroso y pasaba horas intentando
saber el por qué de esa melodía y letra apareciendo en su cabeza. Pero con el
tiempo se tornó frustrante.
Caminó en línea recta
desde la cama hasta el aparato de música. Lo encendió y aunque – y porque –
intentó evitarlo, la misma pregunta empezó a darle vueltas.
¿Qué pasaría si no
hubiera ninguna influencia externa?
Estaba sumido en sus
pensamientos, intentando comunicarse consigo mismo, cuando alguien tocó la
puerta y lo hizo salir.
- ¿Acaso es imposible
estar a solas con uno, sin que tarde o temprano un factor externo te obligue a
abandonar ese estado? – pensó en voz alta, aprovechando que en ese momento
nadie podía oírlo.
martes, 29 de julio de 2014
El camino hacia la muerte.
¿Por qué cuando alguien tiene una enfermedad considerada terminal decimos que está transitando el camino hacia la muerte?
Aparece ante nosotros la obvia pero obviada idea del fin, un concepto abstracto en la cotidianidad que bajo ciertas circunstancias se vuelve tangible.
La repentina consciencia involuntaria de que todos somos transeúntes dirigiéndonos inevitablemente al mismo punto puede ser aterrador. Por eso se evita tanto a nivel individual y social.
Preferimos hacer ojos ciegos, oídos sordos y, lo peor, mente necia a la idea de un final..
Cuando alguien dice que padece una enfermedad que amenaza con terminar su vida en cierto lapso de tiempo, la reacción general suele ser lástima y congoja.
¿Acaso no todos vivimos y convivimos con la posibilidad de morir?
Ellos parecen ir con más velocidad.
Pero, aunque intentemos negarlo u olvidarlo, un padecimiento clínico no es lo que nos para en el camino hacia la muerte; a la vida llegamos antes que él.
Estas palabras no intentan reflejar un espíritu pesimista y resignado que se limita a pensar en morir y compartir ese mensaje deprimente para atarlos a todos a lo mismo. Todo lo contrario.
La ignorancia no nos hace libres. Nos apresa. Porque cuando un mínimo pensamiento relacionado a lo reprimido nos ataca, nos damos cuenta de que en realidad estábamos sumidos en una especie de conveniente ensoñación. Al abrir los ojos, todo sigue allí. El piso y las paredes frías, la pequeña ventana por la que un ínfimo rayo de luz logra colarse hasta donde nos encontramos, las rejas, el silencio de muerte.
El verdadero sentido de libertad estriba en la sensatez de pensamiento con respecto a la realidad, sin dar paso a la opresión.
Transitamos inexorablemente esta senda. Ancianos, bebés, enfermos, ustedes, yo; todos.
"Todos los caminos conducen a Roma."
¿Vamos a dejar de disfrutar el viaje por la idea de a dónde nos lleva?
Y, por cierto, realmente dudo que te inscribas a una carrera si la condición es que no existe posibilidad alguna de descanso.
Aparece ante nosotros la obvia pero obviada idea del fin, un concepto abstracto en la cotidianidad que bajo ciertas circunstancias se vuelve tangible.
La repentina consciencia involuntaria de que todos somos transeúntes dirigiéndonos inevitablemente al mismo punto puede ser aterrador. Por eso se evita tanto a nivel individual y social.
Preferimos hacer ojos ciegos, oídos sordos y, lo peor, mente necia a la idea de un final..
Cuando alguien dice que padece una enfermedad que amenaza con terminar su vida en cierto lapso de tiempo, la reacción general suele ser lástima y congoja.
¿Acaso no todos vivimos y convivimos con la posibilidad de morir?
Ellos parecen ir con más velocidad.
Pero, aunque intentemos negarlo u olvidarlo, un padecimiento clínico no es lo que nos para en el camino hacia la muerte; a la vida llegamos antes que él.
Estas palabras no intentan reflejar un espíritu pesimista y resignado que se limita a pensar en morir y compartir ese mensaje deprimente para atarlos a todos a lo mismo. Todo lo contrario.
La ignorancia no nos hace libres. Nos apresa. Porque cuando un mínimo pensamiento relacionado a lo reprimido nos ataca, nos damos cuenta de que en realidad estábamos sumidos en una especie de conveniente ensoñación. Al abrir los ojos, todo sigue allí. El piso y las paredes frías, la pequeña ventana por la que un ínfimo rayo de luz logra colarse hasta donde nos encontramos, las rejas, el silencio de muerte.
El verdadero sentido de libertad estriba en la sensatez de pensamiento con respecto a la realidad, sin dar paso a la opresión.
Transitamos inexorablemente esta senda. Ancianos, bebés, enfermos, ustedes, yo; todos.
"Todos los caminos conducen a Roma."
¿Vamos a dejar de disfrutar el viaje por la idea de a dónde nos lleva?
Y, por cierto, realmente dudo que te inscribas a una carrera si la condición es que no existe posibilidad alguna de descanso.
viernes, 11 de julio de 2014
Portarretratos
Me fui para olvidar. Inútilmente creí que mis fantasmas se quedarían en el lugar del que huía.
Pero los empaqué con mis pertenencias, porque eran míos, y me seguirían a donde fuera.
Llegué a mi nuevo hogar lleno de esperanzas y melancolía. Con una mezcla de alivio por lo que dejaba atrás, pero el sentimiento de que, a pesar de todo, lo iba a extrañar.
Lo tomé como un nuevo comienzo, la oportunidad de cambiar. Realmente creí que era eso lo que quería.
Pero si estaba en lo cierto, ¿para qué había llevado esos dos portarretratos? ¿Qué fotos tenía intención de colocar en ellos?
Cuando los colgué en la pared, justo enfrente a mi cama, aún con las fotos que tenían cuando los compré, me di cuenta de que nada que pudiera poner ahí iba a reflejar más alegría que esas caras de plástico, sonriendo por deber y no por el simple placer de reír.
Pasaron meses y los marcos siguieron ahí, vacíos. Y yo seguí ahí, también vacío.
No encontraba con que llenarme; o a ellos.
Era el mismo problemático en un ambiente desconocido, lejos de mis problemas, sin siquiera poder enfrentarlos.
Cuando vivía donde habían surgido, tenía el constante deseo de estar solo.
Luego de irme, me di cuenta de que la soledad, a veces, por hacer que nos encontremos con nosotros mismos, es nuestro peor enemigo.
Pero los empaqué con mis pertenencias, porque eran míos, y me seguirían a donde fuera.
Llegué a mi nuevo hogar lleno de esperanzas y melancolía. Con una mezcla de alivio por lo que dejaba atrás, pero el sentimiento de que, a pesar de todo, lo iba a extrañar.
Lo tomé como un nuevo comienzo, la oportunidad de cambiar. Realmente creí que era eso lo que quería.
Pero si estaba en lo cierto, ¿para qué había llevado esos dos portarretratos? ¿Qué fotos tenía intención de colocar en ellos?
Cuando los colgué en la pared, justo enfrente a mi cama, aún con las fotos que tenían cuando los compré, me di cuenta de que nada que pudiera poner ahí iba a reflejar más alegría que esas caras de plástico, sonriendo por deber y no por el simple placer de reír.
Pasaron meses y los marcos siguieron ahí, vacíos. Y yo seguí ahí, también vacío.
No encontraba con que llenarme; o a ellos.
Era el mismo problemático en un ambiente desconocido, lejos de mis problemas, sin siquiera poder enfrentarlos.
Cuando vivía donde habían surgido, tenía el constante deseo de estar solo.
Luego de irme, me di cuenta de que la soledad, a veces, por hacer que nos encontremos con nosotros mismos, es nuestro peor enemigo.
martes, 17 de junio de 2014
Encierro
Estaba en un punto en el que sentía que nunca iba a poder
salir.
Vencida por el cansancio, la frustración, la ira y la
impotencia; me convencí de que la resignación era la única opción viable para
mí en ese momento.
Había recorrido esos caminos millones de veces, y sin embargo, los conocía
como a la palma de mi mano.
Yo misma había sido la creadora, ¿cómo era posible que no
recordara dónde estaba la salida?
Daba vueltas, iba y venía sobre mis propios pasos, para
después rehacer el camino.
Algunos tramos me eran absolutamente familiares, no me
presentaban dificultad alguna. Podía describir dónde nacían y morían, o se
conectaban con otros.
Pero otros eran irreconocibles. Parecían moverse mientras
no los veía, incontrolables.
En varias oportunidades tuve la certeza de haber dado con
la salida, y en todas ellas me choqué con que no estaba en lo cierto.
Anhelaba salir. Era consciente de todo lo que estaba
perdiendo por seguir allí encerrada, pero no podía. Simplemente no podía.
Hubo una ocasión en la que realmente creí haberlo logrado.
Festejé la victoria, inhalé libertad. Estaba extasiada. Todo había terminado, o
eso suponía.
Cuando giré para terminar de contemplar lo que me rodeaba,
nuevamente el encierro.
A veces escuchaba voces provenientes del exterior de los
muros, como seres desgañitándose por ser oídos, intentando salvarme.
Sin embargo, nunca daba con ellas. Caminara hacia donde
caminara, seguían siendo lejanas.
Con todo el tiempo libre del que disponía, claro está,
necesitaba distraerme para no volverme completamente loca. Entonces
reflexionaba.
Una de esas tardes, sumida en mis pensamientos, llegué a
la conclusión de que la imposibilidad de salida estribaba únicamente en mi
postura frente al desafío.
Me dispuse a enfrentarlo de otra manera, sin cerrarme. Con
el aprisionamiento físico me alcanzaba.
Fue el mayor desafío de mi vida, y, a veces, me sorprende
el verme de nuevo ahí, confundida y sola.
Hasta el día de hoy no recuerdo cómo salir, y tengo que
luchar por conseguirlo.
Tengo claro el por qué. Porque ese laberinto, que solemos
llamar mente, lo construimos con los ojos cerrados.
sábado, 31 de mayo de 2014
Animarse
Lo sintió de nuevo.
La diferencia era que ahora sabía qué le estaba pasando. Asociaba el síntoma con la causa.
Ya podía anticipar cómo reaccionar, de qué forma actuar.
Cuando no tenía idea de a qué se enfrentaba, se encontraba completamente vulnerable. Pero en esta ocasión reconocía cada impulso.
La verdadera incógnita era, ¿qué quería que fuera? Eso iba a determinar su comportamiento.
Querría poder decidir fácilmente, afirmando con veracidad su posición frente al tema, sin nada que influyera, salvo su deseo. Pero no podía.
Cuando se enfrenta el mismo dolor más de una vez, y se sabe que muchas veces aparece camuflado, no es tan sencillo confiar en las pieles; se ven todas como disfraces.
El miedo y la posibilidad de sufrir le impedían lanzarse a la piscina. Lograban que dudara si tenía agua, aunque veía el sol reflejado en ella.
Intentaba derrotar a ese enemigo que acompañaba su vida sin cesar; en todo lugar, en cualquier circunstancia. Es que, lógicamente, uno no puede desprenderse de su propia mente.
¿Qué hacía? ¿Se dejaba llevar, lograba estar dispuesta a que la conocieran, sin miedo a que sus errores pudieran alejar lo que quería tener cerca? ¿Y si no lo lograba?
De a poco, y contra su voluntad, sus intentos de reprimirlo fracasaron, y empezó a dudar de cosas que sabía ciertas, de sus sentimientos.
El poder del miedo es incalculable, y lo que dificulta la batalla contra él es que se fomenta de maneras inconscientes e indirectas.
La mayor parte del tiempo no se pone de manifiesto literalmente, y lo sabía. Por eso vivía alerta.
Cuando empezó a creer que no había agua en la piscina, supo que había vuelto.
La felicidad y la excitación que sintió al principio, cuando encontró la piscina, se habían esfumado. Aunque no quería que eso pasara.
Tenía que encontrar la causa de su desilusión para poder vencerla y disfrutar de algo que deseaba tener la posibilidad de disfrutar.
¿Realmente estaba dispuesta a tirarse al agua? ¿Por qué lo estaba meditando tanto?
Se tocó la cicatriz que tenía en la cabeza.
Estaba dando media vuelta para alejarse corriendo de allí, cuando sintió un llamado.
Se dio vuelta y vio, con esperanzado asombro, una mano saliendo del agua, como invitándola a nadar. Asegurándole que no estaba vacía, que solo tenía que atreverse. Porque si sentía miedo o no podía mantenerse a flote, iba a tener en quien apoyarse para salir a la superficie; aunque les costara a los dos.
La diferencia era que ahora sabía qué le estaba pasando. Asociaba el síntoma con la causa.
Ya podía anticipar cómo reaccionar, de qué forma actuar.
Cuando no tenía idea de a qué se enfrentaba, se encontraba completamente vulnerable. Pero en esta ocasión reconocía cada impulso.
La verdadera incógnita era, ¿qué quería que fuera? Eso iba a determinar su comportamiento.
Querría poder decidir fácilmente, afirmando con veracidad su posición frente al tema, sin nada que influyera, salvo su deseo. Pero no podía.
Cuando se enfrenta el mismo dolor más de una vez, y se sabe que muchas veces aparece camuflado, no es tan sencillo confiar en las pieles; se ven todas como disfraces.
El miedo y la posibilidad de sufrir le impedían lanzarse a la piscina. Lograban que dudara si tenía agua, aunque veía el sol reflejado en ella.
Intentaba derrotar a ese enemigo que acompañaba su vida sin cesar; en todo lugar, en cualquier circunstancia. Es que, lógicamente, uno no puede desprenderse de su propia mente.
¿Qué hacía? ¿Se dejaba llevar, lograba estar dispuesta a que la conocieran, sin miedo a que sus errores pudieran alejar lo que quería tener cerca? ¿Y si no lo lograba?
De a poco, y contra su voluntad, sus intentos de reprimirlo fracasaron, y empezó a dudar de cosas que sabía ciertas, de sus sentimientos.
El poder del miedo es incalculable, y lo que dificulta la batalla contra él es que se fomenta de maneras inconscientes e indirectas.
La mayor parte del tiempo no se pone de manifiesto literalmente, y lo sabía. Por eso vivía alerta.
Cuando empezó a creer que no había agua en la piscina, supo que había vuelto.
La felicidad y la excitación que sintió al principio, cuando encontró la piscina, se habían esfumado. Aunque no quería que eso pasara.
Tenía que encontrar la causa de su desilusión para poder vencerla y disfrutar de algo que deseaba tener la posibilidad de disfrutar.
¿Realmente estaba dispuesta a tirarse al agua? ¿Por qué lo estaba meditando tanto?
Se tocó la cicatriz que tenía en la cabeza.
Estaba dando media vuelta para alejarse corriendo de allí, cuando sintió un llamado.
Se dio vuelta y vio, con esperanzado asombro, una mano saliendo del agua, como invitándola a nadar. Asegurándole que no estaba vacía, que solo tenía que atreverse. Porque si sentía miedo o no podía mantenerse a flote, iba a tener en quien apoyarse para salir a la superficie; aunque les costara a los dos.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Recuerdos.
Aquella noche lo vi en una esquina.
Habían pasado veinte años desde nuestro último encuentro.
Dos décadas atrás, en sus treinta, poseía una gran cabellera, aunque
algunas entradas anunciaban una calvicie temprana. Era apuesto, en verdad lo
era. Lo pretendía cada muchacha del pueblo.
Sin duda había cambiado. Pero, aún con los evidentes estragos del tiempo,
lo reconocí en el preciso instante en que mi mirada chocó con la de él.
Sus enormes ojos color miel, tan penetrantes como siempre, parecían
desnudarte el alma con solo mirarte; y, a la vez, eran la puerta hacia la suya.
Era imposible confundirlo con cualquier otro ser humano luego de verlos.
Renació en mí algo que creía muerto hacía ya mucho tiempo.
Me di cuenta de que hay cuerdas que nunca se cortan, solo tienen la
longitud suficiente para que nos movamos libremente. Como una súplica de quien desea cumplir algo que le quedó pendiente, mi
inconsciente logró detenerme donde estaba.
No estoy muy segura de cuánto tiempo pasó realmente hasta que decidí
acercarme, pero lo sentí como una eternidad.
Cuando al fin el miedo se volvió decisión, era demasiado tarde. Había
vuelto a la calle de los recuerdos.
martes, 1 de abril de 2014
...
Amaba sentir el calor de su cuerpo junto al suyo. Amaba su olor, su risa. Anhelaba tocar sus manos, siempre frías, incluso en las más calurosas tardes de verano.
Ansiaba encontrar sus labios cuando buscaba quien la besara.
Quería que fuera la respuesta a todas sus preguntas. Su más grande crítico, y, a la vez, el mayor soporte de su vida.
Lo consiguió.
Por momentos, se sintió la persona más afortunada del mundo. En otras ocasiones, aborrecía lo mismo que tanto había buscado.
Se dio cuenta, entonces, que el amor, más que un sentimiento inamovible, se mide en instantes. Puede durar el tiempo que vemos una estrella fugaz, o extenderse toda la vida. No es lineal y continuo, suele latir con gran fuerza y luego amainar, al punto de creer que ya no está. Hasta que algo logra revivirlo.
Lo que tanto cariño le generaba, al instante lo veía como una maña insoportable.
Quizá nunca sabría el verdadero significado del amor, si no odiara con igual intensidad por momentos, lo mismo que amó.
Y, concluyó, que después de todo, el amor no tiene un sentido estricto. Sin enojos, frustraciones, alegrías; sin contradicciones, no sería lo que es. El verdadero amor, para ella, se definía como el menos ortodoxo, el contaminado por ambigüedades que lo volvían, irónicamente, el más puro.
Por fin entendió que por más miedo y rechazo que le generaran las subidas de una montaña rusa, eran la esencia de ella. Si no existieran, el resto carecería de total sentido.
Y se atrevió a amar, sin juzgar, ni juzgarse. Sin cuestionar por qué, de vez en cuando, odiaba el amor.
Ansiaba encontrar sus labios cuando buscaba quien la besara.
Quería que fuera la respuesta a todas sus preguntas. Su más grande crítico, y, a la vez, el mayor soporte de su vida.
Lo consiguió.
Por momentos, se sintió la persona más afortunada del mundo. En otras ocasiones, aborrecía lo mismo que tanto había buscado.
Se dio cuenta, entonces, que el amor, más que un sentimiento inamovible, se mide en instantes. Puede durar el tiempo que vemos una estrella fugaz, o extenderse toda la vida. No es lineal y continuo, suele latir con gran fuerza y luego amainar, al punto de creer que ya no está. Hasta que algo logra revivirlo.
Lo que tanto cariño le generaba, al instante lo veía como una maña insoportable.
Quizá nunca sabría el verdadero significado del amor, si no odiara con igual intensidad por momentos, lo mismo que amó.
Y, concluyó, que después de todo, el amor no tiene un sentido estricto. Sin enojos, frustraciones, alegrías; sin contradicciones, no sería lo que es. El verdadero amor, para ella, se definía como el menos ortodoxo, el contaminado por ambigüedades que lo volvían, irónicamente, el más puro.
Por fin entendió que por más miedo y rechazo que le generaran las subidas de una montaña rusa, eran la esencia de ella. Si no existieran, el resto carecería de total sentido.
Y se atrevió a amar, sin juzgar, ni juzgarse. Sin cuestionar por qué, de vez en cuando, odiaba el amor.
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