Arranco esto sin rumbo, como muchas de las cosas que hago.
A veces se empaña el vidrio delantero y me olvido de a dónde quería ir, o el camino presenta una bifurcación y sin saber el por qué decido tomarla.
Pero el verdadero problema aparece cuando el retrovisor falla, pierdo la perspectiva, la dirección y el sentido.
Me imagino una ruta ideal en mi mente que se ve afectada luego por esos inconvenientes.
Decido abandonar esa trayectoria y tiempo después emprender una distinta.
El recorrido que tengo que hacer es magnífico. Hermosos paisajes y grandes lugares por visitar. Tiene sus dificultades, claro está, pero vale la pena cada segundo de sacrificio.
Sin embargo, luego de la emoción inicial, cada vez que avanzo empiezo a recordar el camino anterior, cómo no era como yo lo había soñado, cómo eso era solo virtual, cómo casi choco; miedo.
¿Hasta qué punto una mala experiencia nos termina afectando todas las siguientes?
Es decir, existen los pre-conceptos, los prejuicios y los valores, pero nadie dice que no puedan variar con el tiempo.
Me asombra mirarme desde afuera (si es que eso es posible) y darme cuenta que aunque soy altamente consciente de que esos cambios existen, hay una impenetrable pared en mi mente que no se atreve a aceptarlos.
Pelear contra alguien o algo externo depende de nuestra voluntad y decisiones a la hora de hacerlo. Lo importante es estar convencidos de lo que vamos a hacer y a qué nos enfrentamos, sin fallarnos a nosotros mismos.
Ahora yo pregunto: ¿cómo mierda se lucha contra uno mismo?
Es realmente insoportable despertarse y darse cuenta de que mientras creíamos descansar nuestra mente no lo hizo. Abrir los ojos y que nos ataquen contradicciones, indecisiones e incluso soluciones poco felices a todo esto.
Porque con lo de afuera podemos, ¿pero con lo de adentro?
Quiero seguir, quiero avanzar. Quiero poder levantarme sintiéndome feliz y disfrutar MI elección que SÉ que me hace bien. PERO NO PUEDO. Y lo peor es que NO SÉ POR QUÉ.
No sé contra qué lucho porque está adentro y ni siquiera lo veo. No quiero pelear conmigo misma, pero esa maldita parte de mí se empeña en quedarse en lo malo y no creer que se puede mejorar.
Lo frustrante es creer que uno está dispuesto a hacerlo y que un bichito de adentro te golpee y te haga creer que no, y que vos le digas que sí, y siga insistiendo; cuando te das cuenta que ese bichito también es parte de vos aunque te parezca que sin duda alguna debe ser otro ser que te está succionando el cerebro para no dejarte estar bien.
Al intentar no pensar en eso que nos afecta terminamos haciéndolo igual, en el afán de evitarlo lo invocamos.
¿Cuál es la solución? Abandonar la ruta nueva no sirve porque sabemos que podemos disfrutarlo como lo hicimos al principio, y no queremos salirnos de ese camino. Pero el precio a pagar quizá es muy alto, porque llega un punto en el que ya no nos permitimos sentirnos bien ni poder hacer progresos. Tapamos todo lo lindo con algo malo que nada tiene que ver con esa situación pero se lo atribuimos y así destruimos toda la felicidad que nos rodea. Seguir de esa manera tampoco es viable.
¿QUÉ CARAJO SE HACE?
No importa en qué sitio del mundo me encuentre, sigo encerrada en el mismo lugar.
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