viernes, 11 de julio de 2014

Portarretratos

Me fui para olvidar. Inútilmente creí que mis fantasmas se quedarían en el lugar del que huía.
Pero los empaqué con mis pertenencias, porque eran míos, y me seguirían a donde fuera.
Llegué a mi nuevo hogar lleno de esperanzas y melancolía. Con una mezcla de alivio por lo que dejaba atrás, pero el sentimiento de que, a pesar de todo, lo iba a extrañar.
Lo tomé como un nuevo comienzo, la oportunidad de cambiar. Realmente creí que era eso lo que quería.
Pero si estaba en lo cierto, ¿para qué había llevado esos dos portarretratos? ¿Qué fotos tenía intención de colocar en ellos?
Cuando los colgué en la pared, justo enfrente a mi cama, aún con las fotos que tenían cuando los compré, me di cuenta de que nada que pudiera poner ahí iba a reflejar más alegría que esas caras de plástico, sonriendo por deber y no por el simple placer de reír.
Pasaron meses y los marcos siguieron ahí, vacíos. Y yo seguí ahí, también vacío.
No encontraba con que llenarme; o a ellos.
Era el mismo problemático en un ambiente desconocido, lejos de mis problemas, sin siquiera poder enfrentarlos.
Cuando vivía donde habían surgido, tenía el constante deseo de estar solo.
Luego de irme, me di cuenta de que la soledad, a veces, por hacer que nos encontremos con nosotros mismos, es nuestro peor enemigo.

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