lunes, 1 de septiembre de 2014

El círculo.

Diferentes puntos de partida. Segunderos alternados.
Ni tiempo ni espacio coinciden.
Cada uno su propia historia.
Átomos dispersos por el mundo sin siquiera ser conscientes de la existencia de los demás. Hasta que una fuerza los une.
Destino, Universo, Dios, casualidad, causalidad. Cada uno elige qué etiqueta ponerle, porque no es el nombre lo que hace a su esencia.
Cuando sus caminos se cruzan algo cambia. Pasajero o eterno, ese encuentro los modifica momentánea o permanentemente.
Algunas conexiones mueren con el tiempo, otras con la vida. 
Gabriel García Márquez en su obra "Cien años de soledad" transmite a través de uno de sus más emblemáticos personajes, Úrsula, que el tiempo describe un círculo. Los hechos se repiten. 
¿No tendrá razón?
Se encuentran grandes relaciones entre actitudes del presente con acontecimientos pasados. Social, económica, política y culturalmente volvemos a transitar etapas iguales, en contextos diferentes.
La vida recorre un círculo. Por eso aunque un enlace se rompa algo queda, intangible pero latente.
Mientras avanzamos en nuestro camino vamos cruzándonos otros puntos que describen su propia trayectoria, pero pertenecen al mismo lugar que nosotros.
No podría determinarse con certeza por qué de repente aparece a nuestro costado una partícula y nos acompaña en el trayecto. 
No podemos decidir dónde o cuándo los caminos van a ser distintos, o en qué lugar y momento volveremos a acompañarnos.
Imaginen que llegamos a un lugar determinado al que recurrimos con frecuencia. No nos pertenece, no estamos solos allí, no tenemos el derecho de admisión y permanencia. Si queremos seguir en ese sitio tenemos que atenernos a las condiciones previamente determinadas por nadie, sino por el conjunto de todos.
Con el tiempo la costumbre mata la curiosidad de lo desconocido. Habituados a esa rutina decidimos interactuar con los que nos rodean, a veces por gusto, otras por cierta obligación externa.
Ahora háganse a la idea de que descubrimos en algunos de esos átomos perdidos aspectos propios, diferencias necesarias y la premonición de que algo nos conecta.
¿Fue el tiempo, la libre obligación de convergir reiteradamente en el mismo punto, o alguna especie de fuerza invisiblemente incontrolable? 
Pero el tiempo no es infinito. Al menos no para nosotros. 
Si llega el momento de separarse, caminos que se hicieron uno vuelven a bifurcarse. Siempre los unirá un puente, por más angosto que sea: el pasado. Una unión quizá invisible, hasta que algo la hace notoria, la nostalgia.
Seguramente duela, hasta que la costumbre haga de las suyas y aprendamos a vivir sin la presencia física pero sintiendo adentro que estamos un poquito más llenos. 
Probablemente volvamos a conectarnos con más seres diminutos, dispersos en el tiempo y el espacio, sumando y restando enlaces hasta que lleguemos al final del recorrido.
De eso se trata este círculo. De eso se trata la vida. 







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