Diferentes puntos de partida. Segunderos alternados.
Ni tiempo ni espacio coinciden.
Cada uno su propia historia.
Átomos dispersos por el mundo sin siquiera ser conscientes de
la existencia de los demás. Hasta que una fuerza los une.
Destino, Universo, Dios, casualidad, causalidad. Cada uno
elige qué etiqueta ponerle, porque no es el nombre lo que hace a su esencia.
Cuando sus caminos se cruzan algo cambia. Pasajero o eterno,
ese encuentro los modifica momentánea o permanentemente.
Algunas conexiones mueren con el tiempo, otras con la vida.
Gabriel García Márquez en su obra "Cien años de
soledad" transmite a través de uno de sus más emblemáticos personajes,
Úrsula, que el tiempo describe un círculo. Los hechos se repiten.
¿No tendrá razón?
Se encuentran grandes relaciones entre actitudes del presente
con acontecimientos pasados. Social, económica, política y culturalmente
volvemos a transitar etapas iguales, en contextos diferentes.
La vida recorre un círculo. Por eso aunque un enlace se rompa
algo queda, intangible pero latente.
Mientras avanzamos en nuestro camino vamos cruzándonos otros
puntos que describen su propia trayectoria, pero pertenecen al mismo lugar que
nosotros.
No podría determinarse con certeza por qué de repente aparece
a nuestro costado una partícula y nos acompaña en el trayecto.
No podemos decidir dónde o cuándo los caminos van a ser
distintos, o en qué lugar y momento volveremos a acompañarnos.
Imaginen que llegamos a un lugar determinado al que
recurrimos con frecuencia. No nos pertenece, no estamos solos allí, no tenemos
el derecho de admisión y permanencia. Si queremos seguir en ese sitio tenemos
que atenernos a las condiciones previamente determinadas por nadie, sino por el
conjunto de todos.
Con el tiempo la costumbre mata la curiosidad de lo
desconocido. Habituados a esa rutina decidimos interactuar con los que nos
rodean, a veces por gusto, otras por cierta obligación externa.
Ahora háganse a la idea de que descubrimos en algunos de esos
átomos perdidos aspectos propios, diferencias necesarias y la premonición de
que algo nos conecta.
¿Fue el tiempo, la libre obligación de convergir
reiteradamente en el mismo punto, o alguna especie de fuerza invisiblemente
incontrolable?
Pero el tiempo no es infinito. Al menos no para
nosotros.
Si llega el momento de separarse, caminos que se hicieron uno
vuelven a bifurcarse. Siempre los unirá un puente, por más angosto que sea: el
pasado. Una unión quizá invisible, hasta que algo la hace notoria, la nostalgia.
Seguramente duela, hasta que la costumbre haga de las suyas y
aprendamos a vivir sin la presencia física pero sintiendo adentro que estamos
un poquito más llenos.
Probablemente volvamos a conectarnos con más seres diminutos,
dispersos en el tiempo y el espacio, sumando y restando enlaces hasta que
lleguemos al final del recorrido.
De eso se trata este círculo. De eso se trata la vida.
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