Una bala se estrelló contra la pared de mi
cuarto y supe que era hora de levantarme.
El maldito pedazo de tela que usaba de
colchón era absolutamente inútil, moría de frío.
Siempre lo odié. Aunque con dieciséis años
había aprendido a la fuerza a resignarme.
Me di media vuelta e intenté darle calor a
mi cuerpo con la agujereada frazada que no cumplía mejor su tarea de taparme de
lo que el colchón lograba separarme del piso.
El Sol salió y el día me encontró
observando una mancha de humedad que recubría gran parte del techo.
Me levanté, me vestí y caminé pasando por
las aberturas donde se suponía iban puertas hasta llegar al baño.
Mientras lavaba mi cara pensaba en lo
patética que era mi mentalidad de niño, cuando al tener solo siete años creía
posible un cambio.
Soñaba con una realidad diferente, un
mundo (mi mundo) sin violencia.
Realmente creía que las cosas podían
cambiar y me negaba a aceptar lo que me afirmaban todos los días: ese era mi
destino.
¡Ja, qué idiota!
Mientras recordaba odié mi estúpida
inocencia de niño lleno de esperanzas que no podían estar más lejos de la
realidad.
Mirándome al espejo esa mañana por primera
vez les creí a los que dicen que personas como yo no somos parte de la
sociedad. Era un marginado.
No fue una elección la vida que me tocó,
como tampoco lo fue pagar por ello. Otra vez la maldita resignación; siempre me
lo repetían.
Por suerte a mis hermanos menores les maté
las ilusiones rápido.
Luego de detestar el pasado por unos
minutos porque era más fácil que aceptar que odiaba el presente, salté por el
agujero del baño y recorrí mi barrio.
Conocía cada calle, cada rincón, cada
escondite.
Me senté en una piedra a pasar el tiempo
como todos los días. Lo que paseó por mi mente horas antes volvió, rompiendo la
corteza que me protegía del dolor.
Sabía que en el fondo mis deseos seguían
firmes, no con la inocencia de mi infancia, mas con una esperanza que no muere
con la edad. En la soledad surgían mis ganas de no ser discriminado.
La pelea de dos perros por un hueso me
distrajo y esa fue la diversión de mi día.
Cuando cayó la noche sabía lo que me
esperaba. Esperé que llegara como siempre.
Me levantó de un brazo y repitiendo el
mismo discurso de las diez, me arrastró hasta la esquina.
- Ayer te portaste mal - dijo
mientras me tocaba el moretón que tenía en el ojo-. Más te vale que hoy vuelvas
con mucho, pendejo de mierda. Si no, ya sabés.
Lo sabía. Claro que lo sabía.
Me fui escuchando su ronca risa y con la cara
llena de lágrimas de bronca.
-La puta madre - me dije en voz alta -.
Todo es una mierda. ¿Cómo pudiste creer que podías cambiar pelotudo? Tu propio
padre te lo dejó claro desde los cinco años. Nadie va a darte otra opción,
tiene razón cuando repite y repite que la sociedad es basura y nosotros somos
vistos como la basura de la sociedad. No tenés otra salida, ahora dejá de
llorar como un bebé y preocuparte por lo único que tenés que hacer.
Vi a una señora con una cartera, hora de
actuar.
Estaba cagado, esa sensación nunca se te
va. ¿Pero por qué me iba a importar? Esa mujer seguramente tuviera una vida
perfecta, ¿qué le iba a hacer perder una parte de todo lo que tenía?. Además si
ella creía que yo era un problema, entonces lo sería. No me iba a preocupar por
sus sentimientos cuando nadie en la vida se preocupó por los míos.
Le corté el camino y le mostré un pedazo
de vidrio que tenía en el bolsillo. Ahora el miedo estaba en el aire, lo
sentíamos los dos.
- Dame eso o te corto toda - dije poniendo
mi mano en la cartera.
- Tranquilo - estaba temblando - llevate
todo pero por favor no me hagas nada.
Tomé la cartera, miré alrededor por si
andaba algún botón en la vuelta y me fui corriendo.
Llegué a la misma piedra donde me había
sentado en la mañana y me tiré en el piso. Miré la ganancia y me tranquilizó
saber que no tenía que repetir esa escena, el trabajo del día había terminado.
Caminé lentamente a lo que se suponía era
mi casa. Pasé por arriba de los colchones de mis hermanos y esperé a que mi
padre volviera de llevar a mi madre a hacer lo suyo.
Los escuché gritar una cuadra antes de que
llegaran.
Mamá pasó primero, su rostro estaba
golpeado, la ropa desgarrada. No paraba de llorar.
Me paré y corrí a abrazarla.
- Te creés muy machito y sos un llorón -
escuché que me decía mi padre-. ¿Hiciste lo tuyo? Porque ésta no sirve ni para
puta.
En un impulso me paré y le pegué en la
nariz. Lo último que recuerdo es su puño llegando a mí.
Cuando me desperté noté que tenía la cara
llena de sangre y me dolía todo el cuerpo.
A esa rutina es imposible acostumbrarse y
mucho menos resignarse. La impotencia, la rabia, el dolor.
Otra vez estaba solo. Dieciséis años de lo
mismo.
Lo que había aprendido desde la infancia
resonaba en mi cabeza.
- La escuela no sirve para nada, a la vida
hay que aprender a soportarla en la calle, a los golpes. La ley del más fuerte,
acá nadie te apoya. A veces es matar o morir. Si viene una piña respondés con
dos. Cuidate porque nadie lo va a hacer, los pacifistas y el gobierno son todos
la misma mierda, no saben que existís, y no les interesa. Así te tocó vivir, no
hay otra pa' vos.
Agarré la navaja que tenía escondida y
salí. Mi padre no tenía la culpa de ser así, los botones y la sociedad de
mierda lo convirtieron en lo que era. Tenía que ser como él, tenía que hacerme
valer.
No vi venir a la yuta. Me tiraron al piso
a la fuerza y me subieron al patrullero.
- Ahora vas a ver pendejo, encerradito vas
a aprender a respetar- dijo cagándose de risa-. No hay arreglo para la gente
como vos, nacen ratas y así se mueren.
Mi padre estaba en lo cierto. Me repetí lo
mismo unas cien veces.
Llegamos a la comisaría y me mandaron a
una celda.
Me terminaron condenando a tres años por
asalto agravado.
Entre estas cuatro paredes en las que vivo
encerrado veintitrés horas por día confirmo lo que mi padre, el policía y todo
el mundo decía y sostiene. Soy una basura inservible sin arreglo, y estoy donde
tengo que estar. Así que voy a tener que ser el mejor en eso.
Los odio, a los botones, a mi familia, a
todos los chetos que creen que tienen una vida perfecta. No saben nada.
Ya van a ver cuando salga...
"Luego de detestar el pasado por unos minutos porque era más fácil que aceptar que odiaba el presente"
ResponderEliminarExcelente.