martes, 26 de agosto de 2014

A la par

Encontramos un acompañante en nuestro viaje, el mejor que podríamos haber imaginado.
Con el tiempo nos acostumbramos a caminar codo a codo, a levantarnos mutuamente. Aprendemos de las similitudes y diferencias. Establecemos cierta distancia si nos sofocamos de pero sabemos que si queremos podemos acercarnos.
La mano que no falta ni falla. No nos suelta. Y si no puede sostenernos, baja con nosotros hasta que desciframos cómo seguir.
Pero en algún momento los caminos se dividen. Cada uno decide llegar por una ruta diferente inexorablemente al mismo lugar. El disfrute del recorrido tiene significados distintos.
¿Cómo se sigue solo después de haber conocido la felicidad de hacerlo acompañado?
Con la fuerza de los sentimientos que trascienden barreras físicas intentamos consolar un alma herida por la invencible arma de la distancia.
Dos caminos. Dos caminos que seguramente converjan en algún punto en cierto tiempo.
Dos mentes. Dos mentes que vagan en busca de lo que desean.
Dos individuos, dos historias independientes y una historia compartida.
Mirar para atrás y ver dos pares de huellas en la tierra que solo pisó una persona.
Amistad.

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