Encontramos un acompañante en nuestro viaje, el mejor que podríamos haber
imaginado.
Con el tiempo nos acostumbramos a caminar codo a codo, a levantarnos
mutuamente. Aprendemos de las similitudes y diferencias. Establecemos cierta
distancia si nos sofocamos de pero sabemos que si queremos podemos acercarnos.
La mano que no falta ni falla. No nos suelta. Y si no puede sostenernos,
baja con nosotros hasta que desciframos cómo seguir.
Pero en algún momento los caminos se dividen. Cada uno decide llegar por
una ruta diferente inexorablemente al mismo lugar. El disfrute del recorrido tiene
significados distintos.
¿Cómo se sigue solo después de haber conocido la felicidad de hacerlo
acompañado?
Con la fuerza de los sentimientos que trascienden barreras físicas
intentamos consolar un alma herida por la invencible arma de la distancia.
Dos caminos. Dos caminos que seguramente converjan en algún punto en cierto
tiempo.
Dos mentes. Dos mentes que vagan en busca de lo que desean.
Dos individuos, dos historias independientes y una historia compartida.
Mirar para atrás y ver dos pares de huellas en la tierra que solo pisó una
persona.
Amistad.
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