Eran las dos de la mañana de una noche
gélida. La temperatura estaba sin duda alguna por debajo de los 0 grados. Pero ellos no sentían el frío. Una especie de efecto placebo se los impedía. Afuera el ruido de las ramas golpeando contra la ventana actuaba de orquesta.
Sin embargo, ellos no sentían ni escuchaban nada.
Yacían en su cama, abrazados, extasiados, completos.
Se movió lentamente deslizando su mano por el
pecho del hombre que amaba y se acomodó plácidamente sobre su hombro hasta
quedar profundamente dormida.
Él tenía la mirada fija en el techo, que no se la devolvía. Eso era lo que buscaba. No deseaba que la culpa que sentía fuera captada por el Universo.
No podía parar de jugar con el
anillo que tenía en su mano izquierda como su mente no cesaba de jugar con él.
Le daba vueltas en su dedo, como las ideas en su cabeza.
Tendía a manifestar físicamente las actitudes internas.
Se levantó y se
fue dejándola ahí acostada, sola. Algunas lágrimas amagaron brotar de sus
ojos, pero las contuvo. No se permitiría el lujo de llorar decisiones propias.
Condujo sin prisa, atrasando la llegada. Se sentía seguro en ese limbo entre inicio y final donde no había límites.
El deber y el querer luchaban dentro suyo con ganas de empatar.
Cuando llegó a su casa notó que había perdido la batalla contra las lágrimas.
Cuando llegó a su casa notó que había perdido la batalla contra las lágrimas.
Pasó por el cuarto de su hijo, le dio un beso y lo contempló. Lo amaba más que a nadie en este mundo.
En puntitas de pie, temblando como de costumbre, entró a su habitación y se acostó como todas las noches al lado de su esposa.
En puntitas de pie, temblando como de costumbre, entró a su habitación y se acostó como todas las noches al lado de su esposa.
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