miércoles, 14 de mayo de 2014

Recuerdos.

  Aquella noche lo vi en una esquina. Habían pasado veinte años desde nuestro último encuentro.
Dos décadas atrás, en sus treinta, poseía una gran cabellera, aunque algunas entradas anunciaban una calvicie temprana. Era apuesto, en verdad lo era. Lo pretendía cada muchacha del pueblo.
Sin duda había cambiado. Pero, aún con los evidentes estragos del tiempo, lo reconocí en el preciso instante en que mi mirada chocó con la de él.
Sus enormes ojos color miel, tan penetrantes como siempre, parecían desnudarte el alma con solo mirarte; y, a la vez, eran la puerta hacia la suya. Era imposible confundirlo con cualquier otro ser humano luego de verlos.
Renació en mí algo que creía muerto hacía ya mucho tiempo.
Me di cuenta de que hay cuerdas que nunca se cortan, solo tienen la longitud suficiente para que nos movamos libremente.   Como una súplica de quien desea cumplir algo que le quedó pendiente, mi inconsciente logró detenerme donde estaba.
No estoy muy segura de cuánto tiempo pasó realmente hasta que decidí acercarme, pero lo sentí como una eternidad.
Cuando al fin el miedo se volvió decisión, era demasiado tarde. Había vuelto a la calle de los recuerdos. 

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