"Ser diferente", esa frase pasó a protagonista de nuestra época.
Parece que en la era de la globalización y las redes sociales, donde todo es público; la guerra por no parecer "uno más" se convirtió en lo principal de la vida de muchos.
Antes, lo que se usaba era pertenecer a una "tribu urbana", justamente lo opuesto a la actualidad, donde ser mínimamente parecido a un par, te convierte en un calco, alguien aburrido, sin personalidad.
Llegamos al punto en el que ser distinto ya está "gastado", intentar derribar estereotipos es algo habitual, rutinario; al punto que se vuelve aburrido. Pero ese deseo de cortar las cuerdas, soltarse, ser la oveja negra del rebaño, la que va en otra dirección, desatar el nudo y salir corriendo; es algo que crece fervorosamente en el corazón y en la cabeza de quién lo intenta.
Lamentablemente, NO existe NADIE diferente. Una persona, desde que nace, en su familia, cuando crece en la escuela, y a lo largo de su vida en las distintas instituciones (liceo, facultad, grupo de pares, hasta la gente en la calle), aprende pautas de conducta acordes a la sociedad en la que vivimos. Cualquier persona que intente cambiar algo, de igual manera eso va a estar condicionado por las normas y valores que se le inculcaron en el transcurso de su vida. Supongamos que intenta cambiar su forma de vestir, entonces crea algo "original", en realidad, en algún lugar de su inconsciente esa idea estaba plantada, de antes, aunque la persona no la tenga en cuenta. Pueden ser conductas coherentes con otra sociedad, con otra persona, o simplemente con un programa de televisión. No hay ninguna decisión independiente, así como las ideas no lo son.
Títeres, eso somos, o de la sociedad, o del deseo de ser diferentes, que nos atrapa en nuestra mente, nos cierra a nosotros mismos, o eso creemos. Hasta el más abierto filósofo, puede convertirse en tirano.
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