Médico geriatra, escritor frustrado y criminal. Marcel
Shipman pasó su corta existencia atormentado por su entorno y los fantasmas de
su interior.
Nació el 2 de noviembre de 1956 en California, Estados
Unidos. Shipman fue criado solo por su padre, luego de que su madre los
abandonara, tres meses después del nacimiento del pequeño.
Karau Shipman había sido militar en la Segunda Guerra
Mundial, lo que le costó su brazo derecho y la poca empatía que poseía. Volcó
su filosofía del orden y el régimen estricto en su pequeño, obligándolo a jugar
al rugby cuando era solo un niño y, años más tarde, forzando su carrera de
Medicina.
Marcel era melancólico, desde el comienzo de su vida
demostró un alto nivel de sensibilidad, una gran pasión por el arte y un enorme
deseo de estar solo. Pasaba las horas escribiendo, imaginando mundos en los que
no existía el gran demonio que lo acosaba fuera de las paredes de su cuarto; su
padre.
Cuando entró en la adolescencia, su carácter
introvertido se tornó violento, derivando en constantes confrontaciones con su
progenitor que solían terminar en golpes y consecuentes visitas al psicólogo.
Le diagnosticaron trastorno antisocial de la personalidad. Debido a su patología,
no se relacionaba con nadie de su entorno. Hasta que apareció la única persona
con la que pudo hablar sin tapujos sobre su amor por la escritura, un profesor
de Literatura que se convirtió en su mentor, Frederick Shelton, quien lo
introdujo en el mundo de grandes autores como John D. Carroll y Raymond
Chandler.
Se graduó con honores en Medicina antes de cumplir los
treinta y comenzó a ejercer de inmediato. Un odio incontrolable nació en su
fuero interno. Aprovechaba cualquier hueco en su agenda o le robaba horas al
sueño para crear sus obras.
Quienes lo conocieron en su faceta de profesional
médico lo describen como un hombre con buen porte, de avasallante presencia
física –medía un metro y noventa centímetros- y una personalidad dominante.
Todos lo respetaban, algunos le temían. Poseía la admirable capacidad de
enmascarar el creciente deseo de acabar con todo lo que se interponía entre él
y su objetivo de ser escritor.
Al cumplir los treinta y tres años se mudó a un lóbrego
monoambiente alejado de la ciudad, liberándose así de las redes que lo
aprisionaban. En 1990 decidió abandonar su trabajo y dedicarse por completo a desintoxicarse,
a través de la escritura, del odio que lo consumía. Se proclamaba contra sus
padres, sus compañeros de trabajo, incluso contra el portero del edificio. Pasaba
sus horas de vigilia sentado en un desvencijado y maloliente sillón, mirando
por la ventana, escribiendo sin cesar.
Cuando culminó su primera novela intentó vendérsela a
un editor, pero aparentemente este lo rechazó. Shipman encolerizó. Toda su
rabia fue volcada sobre el soberbio editor, que terminó muerto en el frío suelo
de su oficina, los ojos desorbitados, una tijera atravesada en su pecho. A su
lado, la inédita La salvación se logra con tinta dormía sobre
el cadáver de Marcel Shipman, atravesado por una bala.
Los cuerpos fueron hallados al día siguiente y el caso
se resolvió en menos de tres meses. El ejemplar de La salvación… se publicó como obra póstuma al año siguiente,
convirtiéndose en best seller.
Murió siendo un mediocre. Nació en tinta a la
inmortalidad.
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