Hace más de cuarenta años mi vida se redujo a esperar respuestas.
Hace más de cuarenta años mi vida quedó patas arriba; me robaorn lo más preciado que existe en esta vida, no me dijeron qué pasó.
Fue el 18 de febrero de 1975. Estábamos durmiendo cuando sentimos un estruendo en la planta baja. Habían derribado la puerta. Una decena de hombres uniformados registraron todo el lugar, guardando cosas en sus bolsillos, vaciando cajones, rompiendo jarrones, gritando palabras indescifrables.
Sabíamos que subirían. Nos esposaron y arrastraron escaleras abajo, donde nos interrogaron sobre personas que no conocíamos... Un grupo de "sublevados" dijeron, de la Universidad de la República, donde estudiaba mi hijo. No se rindieron ante nuestra negativa. Luego de golpear a mi hija, a mi esposo y a mí, se fueron, llevándose con ellos a mi pequeño. Tenía apenas viente años.
No voy a olvidar nunca su rostro, la desesperación y la angustia que reflejaba. No voy a arrancarme del corazón el sentimiento de impotencia que me golpeó más fuerte que los militares. SE LLEVARON A MI HIJO.
¿Dónde está? ¿Qué le hicieron? ¡Déjenlo ir! ¡Él no hizo nada!
Todo era en vano. Lo único que conseguíamos como respuesta era silencio y amenazas.
Me lo arrebataron.
Hace más de cuarenta años lo estoy buscando. No hay un sentimiento peor que la incertidumbre, esa mínima esperanza que nunca se pierde, el fervoroso deseo de poder saber QUÉ CARAJOS PASÓ.
Me lo arrebataron.
Hace más de cuarenta años lo estoy buscando. Pero a este país le sirve olvidar, perdonar a los culpables, que caduque su responsabilidad por los delitos que cometieron. ¿Con qué derecho vienen a decirme que me OLVIDE DE MI HIJO? ¿Quién mierda son para obligarme a dejar de luchar?
Memoria le falta a este pueblo, y sin memoria no somos nada. Caminar hacia adelante sin saber de dónde venimos es un acto de cobardía e indiferencia. La sociedad no está infectada por nosotros, los que buscamos justicia y respuestas, está infectada por aquellos que quieren tapar lo sucedido y OLVIDAR. ¿Olvidar? ¿Cómo se puede dejar atrás el hecho de que me arrebataron a mi niño, le quitaron las posibilidades de crecer y convertirse en un hombre? ¿Cómo olvidar que lo hicieron puramente por placer, por una convicción estúpida que por extensión terminó afectando inocentes?
NO TIENEN CARA LOS QUE ME PIDEN OLVIDAR. Ni deseándolo con todo mi corazón podría dejarlo atrás y continuar con mi vida.
Se han ido los que conmigo lucharon por conseguir respuestas, pero sé que no estoy sola. Sé que muchas personas en este país olvidadizo sienten lo mismo que yo, y que otras, aunque no vivieron la dictadura, son suficientemente honradas y conscientes como para estudiar las enfermedades pasadas de este pueblo y querer curarlas en lugar de ponerles una gasa por encima y sentarse a esperar que cierre la herida.
Quizá me vaya sin conocer el paradero de mi hijo.
El pasado no se puede cambiar, pero el futuro es totalmente incierto, y luchar es la manera de modificar lo que no queremos que se repita.
Hay tanto para decir que preferimos el silencio. Podríamos gritar, ¡tantas cosas tenemos para gritar!, pero optamos por el silencio. Más de cuarenta años de cosas dichas, pero las palabras no les duelen. Su consciencia no les duele.
Callamos. Nuestro silencio representa la lucha eterna. Nuestra presencia es el reflejo de la memoria, de la lucha por justicia, del repudio a la impunidad.
Peleo por mi hijo, por los hijos de los demás, por quienes sobrevivieron y hoy se animan a contar sus vivencias para mostrar que seguimos acá, por todos.
Hay tanto para decir, que hablar sería en vano.
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