jueves, 16 de octubre de 2014

Ya van a ver...

Una bala se estrelló contra la pared de mi cuarto y supe que era hora de levantarme.
El maldito pedazo de tela que usaba de colchón era absolutamente inútil, moría de frío.
Siempre lo odié. Aunque con dieciséis años había aprendido a la fuerza a resignarme.
Me di media vuelta e intenté darle calor a mi cuerpo con la agujereada frazada que no cumplía mejor su tarea de taparme de lo que el colchón lograba separarme del piso.
El Sol salió y el día me encontró observando una mancha de humedad que recubría gran parte del techo.
Me levanté, me vestí y caminé pasando por las aberturas donde se suponía iban puertas hasta llegar al baño.
Mientras lavaba mi cara pensaba en lo patética que era mi mentalidad de niño, cuando al tener solo siete años creía posible un cambio.
Soñaba con una realidad diferente, un mundo (mi mundo) sin violencia.
Realmente creía que las cosas podían cambiar y me negaba a aceptar lo que me afirmaban todos los días: ese era mi destino.
¡Ja, qué idiota!
Mientras recordaba odié mi estúpida inocencia de niño lleno de esperanzas que no podían estar más lejos de la realidad.
Mirándome al espejo esa mañana por primera vez les creí a los que dicen que personas como yo no somos parte de la sociedad. Era un marginado.
No fue una elección la vida que me tocó, como tampoco lo fue pagar por ello. Otra vez la maldita resignación; siempre me lo repetían.
Por suerte a mis hermanos menores les maté las ilusiones rápido.
Luego de detestar el pasado por unos minutos porque era más fácil que aceptar que odiaba el presente, salté por el agujero del baño y recorrí mi barrio.
Conocía cada calle, cada rincón, cada escondite.
Me senté en una piedra a pasar el tiempo como todos los días. Lo que paseó por mi mente horas antes volvió, rompiendo la corteza que me protegía del dolor.
Sabía que en el fondo mis deseos seguían firmes, no con la inocencia de mi infancia, mas con una esperanza que no muere con la edad. En la soledad surgían mis ganas de no ser discriminado.
La pelea de dos perros por un hueso me distrajo y esa fue la diversión de mi día.
Cuando cayó la noche sabía lo que me esperaba. Esperé que llegara como siempre.
Me levantó de un brazo y repitiendo el mismo discurso de las diez, me arrastró hasta la esquina.
 - Ayer te portaste mal - dijo mientras me tocaba el moretón que tenía en el ojo-. Más te vale que hoy vuelvas con mucho, pendejo de mierda. Si no, ya sabés.
Lo sabía. Claro que lo sabía.
Me fui escuchando su ronca risa y con la cara llena de lágrimas de bronca.
-La puta madre - me dije en voz alta -. Todo es una mierda. ¿Cómo pudiste creer que podías cambiar pelotudo? Tu propio padre te lo dejó claro desde los cinco años. Nadie va a darte otra opción, tiene razón cuando repite y repite que la sociedad es basura y nosotros somos vistos como la basura de la sociedad. No tenés otra salida, ahora dejá de llorar como un bebé y preocuparte por lo único que tenés que hacer.
Vi a una señora con una cartera, hora de actuar.
Estaba cagado, esa sensación nunca se te va. ¿Pero por qué me iba a importar? Esa mujer seguramente tuviera una vida perfecta, ¿qué le iba a hacer perder una parte de todo lo que tenía?. Además si ella creía que yo era un problema, entonces lo sería. No me iba a preocupar por sus sentimientos cuando nadie en la vida se preocupó por los míos.
Le corté el camino y le mostré un pedazo de vidrio que tenía en el bolsillo. Ahora el miedo estaba en el aire, lo sentíamos los dos.
- Dame eso o te corto toda - dije poniendo mi mano en la cartera.
- Tranquilo - estaba temblando - llevate todo pero por favor no me hagas nada.
Tomé la cartera, miré alrededor por si andaba algún botón en la vuelta y me fui corriendo.
Llegué a la misma piedra donde me había sentado en la mañana y me tiré en el piso. Miré la ganancia y me tranquilizó saber que no tenía que repetir esa escena, el trabajo del día había terminado.
Caminé lentamente a lo que se suponía era mi casa. Pasé por arriba de los colchones de mis hermanos y esperé a que mi padre volviera de llevar a mi madre a hacer lo suyo.
Los escuché gritar una cuadra antes de que llegaran.
Mamá pasó primero, su rostro estaba golpeado, la ropa desgarrada. No paraba de llorar.
Me paré y corrí a abrazarla.
- Te creés muy machito y sos un llorón - escuché que me decía mi padre-. ¿Hiciste lo tuyo? Porque ésta no sirve ni para puta.
En un impulso me paré y le pegué en la nariz. Lo último que recuerdo es su puño llegando a mí.
Cuando me desperté noté que tenía la cara llena de sangre y me dolía todo el cuerpo.
A esa rutina es imposible acostumbrarse y mucho menos resignarse. La impotencia, la rabia, el dolor.
Otra vez estaba solo. Dieciséis años de lo mismo.
Lo que había aprendido desde la infancia resonaba en mi cabeza.
- La escuela no sirve para nada, a la vida hay que aprender a soportarla en la calle, a los golpes. La ley del más fuerte, acá nadie te apoya. A veces es matar o morir. Si viene una piña respondés con dos. Cuidate porque nadie lo va a hacer, los pacifistas y el gobierno son todos la misma mierda, no saben que existís, y no les interesa. Así te tocó vivir, no hay otra pa' vos.
Agarré la navaja que tenía escondida y salí. Mi padre no tenía la culpa de ser así, los botones y la sociedad de mierda lo convirtieron en lo que era. Tenía que ser como él, tenía que hacerme valer.
No vi venir a la yuta. Me tiraron al piso a la fuerza y me subieron al patrullero.
- Ahora vas a ver pendejo, encerradito vas a aprender a respetar- dijo cagándose de risa-. No hay arreglo para la gente como vos, nacen ratas y así se mueren.
Mi padre estaba en lo cierto. Me repetí lo mismo unas cien veces.
Llegamos a la comisaría y me mandaron a una celda.
Me terminaron condenando a tres años por asalto agravado.
Entre estas cuatro paredes en las que vivo encerrado veintitrés horas por día confirmo lo que mi padre, el policía y todo el mundo decía y sostiene. Soy una basura inservible sin arreglo, y estoy donde tengo que estar. Así que voy a tener que ser el mejor en eso.
Los odio, a los botones, a mi familia, a todos los chetos que creen que tienen una vida perfecta. No saben nada.


Ya van a ver cuando salga...

miércoles, 15 de octubre de 2014

Encierro

Arranco esto sin rumbo, como muchas de las cosas que hago.

A veces se empaña el vidrio delantero y me olvido de a dónde quería ir, o el camino presenta una bifurcación y sin saber el por qué decido tomarla.

Pero el verdadero problema aparece cuando el retrovisor falla, pierdo la perspectiva, la dirección y el sentido.

Me imagino una ruta ideal en mi mente que se ve afectada luego por esos inconvenientes.


Decido abandonar esa trayectoria y tiempo después emprender una distinta.


El recorrido que tengo que hacer es magnífico. Hermosos paisajes y grandes lugares por visitar. Tiene sus dificultades, claro está, pero vale la pena cada segundo de sacrificio.


Sin embargo, luego de la emoción inicial, cada vez que avanzo empiezo a recordar el camino anterior, cómo no era como yo lo había soñado, cómo eso era solo virtual, cómo casi choco; miedo.


¿Hasta qué punto una mala experiencia nos termina afectando todas las siguientes?


Es decir, existen los pre-conceptos, los prejuicios y los valores, pero nadie dice que no puedan variar con el tiempo.


Me asombra mirarme desde afuera (si es que eso es posible) y darme cuenta que aunque soy altamente consciente de que esos cambios existen, hay una impenetrable pared en mi mente que no se atreve a aceptarlos.


Pelear contra alguien o algo externo depende de nuestra voluntad y decisiones a la hora de hacerlo. Lo importante es estar convencidos de lo que vamos a hacer y a qué nos enfrentamos, sin fallarnos a nosotros mismos.


Ahora yo pregunto: ¿cómo mierda se lucha contra uno mismo?


Es realmente insoportable despertarse y darse cuenta de que mientras creíamos descansar nuestra mente no lo hizo. Abrir los ojos y que nos ataquen contradicciones, indecisiones e incluso soluciones poco felices a todo esto.

Porque con lo de afuera podemos, ¿pero con lo de adentro?

Quiero seguir, quiero avanzar. Quiero poder levantarme sintiéndome feliz y disfrutar MI elección que SÉ que me hace bien. PERO NO PUEDO. Y lo peor es que NO SÉ POR QUÉ.

No sé contra qué lucho porque está adentro y ni siquiera lo veo. No quiero pelear conmigo misma, pero esa maldita parte de mí se empeña en quedarse en lo malo y no creer que se puede mejorar.


Lo frustrante es creer que uno está dispuesto a hacerlo y que un bichito de adentro te golpee y te haga creer que no, y que vos le digas que sí, y siga insistiendo; cuando te das cuenta que ese bichito también es parte de vos aunque te parezca que sin duda alguna debe ser otro ser que te está succionando el cerebro para no dejarte estar bien.


Al intentar no pensar en eso que nos afecta terminamos haciéndolo igual, en el afán de evitarlo lo invocamos.


¿Cuál es la solución? Abandonar la ruta nueva no sirve porque sabemos que podemos disfrutarlo como lo hicimos al principio, y no queremos salirnos de ese camino. Pero el precio a pagar quizá es muy alto, porque llega un punto en el que ya no nos permitimos sentirnos bien ni poder hacer progresos. Tapamos todo lo lindo con algo malo que nada tiene que ver con esa situación pero se lo atribuimos y así destruimos toda la felicidad que nos rodea. Seguir de esa manera tampoco es viable.

¿QUÉ CARAJO SE HACE?

No importa en qué sitio del mundo me encuentre, sigo encerrada en el mismo lugar.