Ustedes se preguntarán por qué una persona escribe cuando está atrapado en un cruce de caminos sin salida aparente. ¿Acaso hay algo más que hacer? Un hombre precisa un lugar a donde ir.
La ironía reina este juego. Los laberintos son una de esas boberías románticas que la gente construye para creer que es más sabia que la naturaleza. ¡Vaya raza la nuestra! Concebimos una estructura para perdernos en ella.
La ironía reina este juego. Los laberintos son una de esas boberías románticas que la gente construye para creer que es más sabia que la naturaleza. ¡Vaya raza la nuestra! Concebimos una estructura para perdernos en ella.
Teniendo en cuenta mis probabilidades de salir vivo de esto, me parece que lo mejor va a ser que me siente y espere a que la oscuridad se asuste y se desvanezca. ¡Ah!, la oscuridad... ¡Qué frágil la oscuridad!, ¡qué inferior a la luz! Se puede atenuar la luz poco a poco, mas allí seguirá estando. Pero la oscuridad deja de existir en el preciso instante en el que la más ínfima gota de luz aparece; depende de ella, de que la abandone, para ser.
¡Cuánto disparate se le ocurre a uno cuando está encerrado consigo mismo! Siquiera tengo un libro para perderme en las ideas de alguien más; alguien que, sentado en su escritorio a las tres de la mañana, pitando un cigarrillo y tomando un café, creó maravillosas historias de personas que no conoce. Si tan solo los personajes aparecieran en la puerta, se presentaran y se definieran... Pero no. Van apareciendo, tímidamente o con furia, todo depende de cómo sean y cómo se sientan en ese instante. Y entre la tinta y ellos queda el escritor, esperando la seguridad de qué hacer que digan o qué decir que hagan los seres extraños que le corretean por el cuerpo, le cinchan el pelo, le manchan la ropa y no lo dejan dormir. ¡Gloria si las hay!
Estoy cansado. Dejaré esto para más adelante.
¡Cuánto disparate se le ocurre a uno cuando está encerrado consigo mismo! Siquiera tengo un libro para perderme en las ideas de alguien más; alguien que, sentado en su escritorio a las tres de la mañana, pitando un cigarrillo y tomando un café, creó maravillosas historias de personas que no conoce. Si tan solo los personajes aparecieran en la puerta, se presentaran y se definieran... Pero no. Van apareciendo, tímidamente o con furia, todo depende de cómo sean y cómo se sientan en ese instante. Y entre la tinta y ellos queda el escritor, esperando la seguridad de qué hacer que digan o qué decir que hagan los seres extraños que le corretean por el cuerpo, le cinchan el pelo, le manchan la ropa y no lo dejan dormir. ¡Gloria si las hay!
Estoy cansado. Dejaré esto para más adelante.