lunes, 29 de junio de 2015

Día 1

     Es de noche. Déjenme decirles una cosa: no es nada práctico estar en un laberinto a oscuras. Si reinara el sol , la cosa no parecería tan espeluznante. Pero, la verdad sea dicha sin tapujos, es de noche y estoy en un laberinto.
     Ustedes se preguntarán por qué una persona escribe cuando está atrapado en un cruce de caminos sin salida aparente. ¿Acaso hay algo más que hacer? Un hombre precisa un lugar a donde ir. 
     La ironía reina este juego. Los laberintos son una de esas boberías románticas que la gente construye para creer que es más sabia que la naturaleza. ¡Vaya raza la nuestra! Concebimos una estructura para perdernos en ella.
     Teniendo en cuenta mis probabilidades de salir vivo de esto, me parece que lo mejor va a ser que me siente y espere a que la oscuridad se asuste y se desvanezca. ¡Ah!, la oscuridad... ¡Qué frágil la oscuridad!, ¡qué inferior a la luz! Se puede atenuar la luz poco a poco, mas allí seguirá estando. Pero la oscuridad deja de existir en el preciso instante en el que la más ínfima gota de luz aparece; depende de ella, de que la abandone, para ser. 
     ¡Cuánto disparate se le ocurre a uno cuando está encerrado consigo mismo! Siquiera tengo un libro para perderme en las ideas de alguien más; alguien que, sentado en su escritorio a las tres de la mañana, pitando un cigarrillo y tomando un café, creó maravillosas historias de personas que no conoce. Si tan solo los personajes aparecieran en la puerta, se presentaran y se definieran... Pero no. Van apareciendo, tímidamente o con furia, todo depende de cómo sean y cómo se sientan en ese instante. Y entre la tinta y ellos queda el escritor, esperando la seguridad de qué hacer que digan o qué decir que hagan los seres extraños que le corretean por el cuerpo, le cinchan el pelo, le manchan la ropa y no lo dejan dormir. ¡Gloria si las hay!
     Estoy cansado. Dejaré esto para más adelante. 


lunes, 22 de junio de 2015

"La salvación se logra con tinta"

Médico geriatra, escritor frustrado y criminal. Marcel Shipman pasó su corta existencia atormentado por su entorno y los fantasmas de su interior.
Nació el 2 de noviembre de 1956 en California, Estados Unidos. Shipman fue criado solo por su padre, luego de que su madre los abandonara, tres meses después del nacimiento del pequeño.
Karau Shipman había sido militar en la Segunda Guerra Mundial, lo que le costó su brazo derecho y la poca empatía que poseía. Volcó su filosofía del orden y el régimen estricto en su pequeño, obligándolo a jugar al rugby cuando era solo un niño y, años más tarde, forzando su carrera de Medicina.
Marcel era melancólico, desde el comienzo de su vida demostró un alto nivel de sensibilidad, una gran pasión por el arte y un enorme deseo de estar solo. Pasaba las horas escribiendo, imaginando mundos en los que no existía el gran demonio que lo acosaba fuera de las paredes de su cuarto; su padre.
Cuando entró en la adolescencia, su carácter introvertido se tornó violento, derivando en constantes confrontaciones con su progenitor que solían terminar en golpes y consecuentes visitas al psicólogo. Le diagnosticaron trastorno antisocial de la personalidad. Debido a su patología, no se relacionaba con nadie de su entorno. Hasta que apareció la única persona con la que pudo hablar sin tapujos sobre su amor por la escritura, un profesor de Literatura que se convirtió en su mentor, Frederick Shelton, quien lo introdujo en el mundo de grandes autores como John D. Carroll y Raymond Chandler. 
Se graduó con honores en Medicina antes de cumplir los treinta y comenzó a ejercer de inmediato. Un odio incontrolable nació en su fuero interno. Aprovechaba cualquier hueco en su agenda o le robaba horas al sueño para crear sus obras.
Quienes lo conocieron en su faceta de profesional médico lo describen como un hombre con buen porte, de avasallante presencia física –medía un metro y noventa centímetros- y una personalidad dominante. Todos lo respetaban, algunos le temían. Poseía la admirable capacidad de enmascarar el creciente deseo de acabar con todo lo que se interponía entre él y su objetivo de ser escritor.
Al cumplir los treinta y tres años se mudó a un lóbrego monoambiente alejado de la ciudad, liberándose así de las redes que lo aprisionaban. En 1990 decidió abandonar su trabajo y dedicarse por completo a desintoxicarse, a través de la escritura, del odio que lo consumía. Se proclamaba contra sus padres, sus compañeros de trabajo, incluso contra el portero del edificio. Pasaba sus horas de vigilia sentado en un desvencijado y maloliente sillón, mirando por la ventana, escribiendo sin cesar.
Cuando culminó su primera novela intentó vendérsela a un editor, pero aparentemente este lo rechazó. Shipman encolerizó. Toda su rabia fue volcada sobre el soberbio editor, que terminó muerto en el frío suelo de su oficina, los ojos desorbitados, una tijera atravesada en su pecho. A su lado, la inédita La salvación se logra con tinta dormía sobre el cadáver de Marcel Shipman, atravesado por una bala.
Los cuerpos fueron hallados al día siguiente y el caso se resolvió en menos de tres meses. El ejemplar de La salvación… se publicó como obra póstuma al año siguiente, convirtiéndose en best seller.
Murió siendo un mediocre. Nació en tinta a la inmortalidad.