¿Por qué cuando alguien tiene una enfermedad considerada terminal decimos que está transitando el camino hacia la muerte?
Aparece ante nosotros la obvia pero obviada idea del fin, un concepto abstracto en la cotidianidad que bajo ciertas circunstancias se vuelve tangible.
La repentina consciencia involuntaria de que todos somos transeúntes dirigiéndonos inevitablemente al mismo punto puede ser aterrador. Por eso se evita tanto a nivel individual y social.
Preferimos hacer ojos ciegos, oídos sordos y, lo peor, mente necia a la idea de un final..
Cuando alguien dice que padece una enfermedad que amenaza con terminar su vida en cierto lapso de tiempo, la reacción general suele ser lástima y congoja.
¿Acaso no todos vivimos y convivimos con la posibilidad de morir?
Ellos parecen ir con más velocidad.
Pero, aunque intentemos negarlo u olvidarlo, un padecimiento clínico no es lo que nos para en el camino hacia la muerte; a la vida llegamos antes que él.
Estas palabras no intentan reflejar un espíritu pesimista y resignado que se limita a pensar en morir y compartir ese mensaje deprimente para atarlos a todos a lo mismo. Todo lo contrario.
La ignorancia no nos hace libres. Nos apresa. Porque cuando un mínimo pensamiento relacionado a lo reprimido nos ataca, nos damos cuenta de que en realidad estábamos sumidos en una especie de conveniente ensoñación. Al abrir los ojos, todo sigue allí. El piso y las paredes frías, la pequeña ventana por la que un ínfimo rayo de luz logra colarse hasta donde nos encontramos, las rejas, el silencio de muerte.
El verdadero sentido de libertad estriba en la sensatez de pensamiento con respecto a la realidad, sin dar paso a la opresión.
Transitamos inexorablemente esta senda. Ancianos, bebés, enfermos, ustedes, yo; todos.
"Todos los caminos conducen a Roma."
¿Vamos a dejar de disfrutar el viaje por la idea de a dónde nos lleva?
Y, por cierto, realmente dudo que te inscribas a una carrera si la condición es que no existe posibilidad alguna de descanso.
martes, 29 de julio de 2014
viernes, 11 de julio de 2014
Portarretratos
Me fui para olvidar. Inútilmente creí que mis fantasmas se quedarían en el lugar del que huía.
Pero los empaqué con mis pertenencias, porque eran míos, y me seguirían a donde fuera.
Llegué a mi nuevo hogar lleno de esperanzas y melancolía. Con una mezcla de alivio por lo que dejaba atrás, pero el sentimiento de que, a pesar de todo, lo iba a extrañar.
Lo tomé como un nuevo comienzo, la oportunidad de cambiar. Realmente creí que era eso lo que quería.
Pero si estaba en lo cierto, ¿para qué había llevado esos dos portarretratos? ¿Qué fotos tenía intención de colocar en ellos?
Cuando los colgué en la pared, justo enfrente a mi cama, aún con las fotos que tenían cuando los compré, me di cuenta de que nada que pudiera poner ahí iba a reflejar más alegría que esas caras de plástico, sonriendo por deber y no por el simple placer de reír.
Pasaron meses y los marcos siguieron ahí, vacíos. Y yo seguí ahí, también vacío.
No encontraba con que llenarme; o a ellos.
Era el mismo problemático en un ambiente desconocido, lejos de mis problemas, sin siquiera poder enfrentarlos.
Cuando vivía donde habían surgido, tenía el constante deseo de estar solo.
Luego de irme, me di cuenta de que la soledad, a veces, por hacer que nos encontremos con nosotros mismos, es nuestro peor enemigo.
Pero los empaqué con mis pertenencias, porque eran míos, y me seguirían a donde fuera.
Llegué a mi nuevo hogar lleno de esperanzas y melancolía. Con una mezcla de alivio por lo que dejaba atrás, pero el sentimiento de que, a pesar de todo, lo iba a extrañar.
Lo tomé como un nuevo comienzo, la oportunidad de cambiar. Realmente creí que era eso lo que quería.
Pero si estaba en lo cierto, ¿para qué había llevado esos dos portarretratos? ¿Qué fotos tenía intención de colocar en ellos?
Cuando los colgué en la pared, justo enfrente a mi cama, aún con las fotos que tenían cuando los compré, me di cuenta de que nada que pudiera poner ahí iba a reflejar más alegría que esas caras de plástico, sonriendo por deber y no por el simple placer de reír.
Pasaron meses y los marcos siguieron ahí, vacíos. Y yo seguí ahí, también vacío.
No encontraba con que llenarme; o a ellos.
Era el mismo problemático en un ambiente desconocido, lejos de mis problemas, sin siquiera poder enfrentarlos.
Cuando vivía donde habían surgido, tenía el constante deseo de estar solo.
Luego de irme, me di cuenta de que la soledad, a veces, por hacer que nos encontremos con nosotros mismos, es nuestro peor enemigo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)