Lo sintió de nuevo.
La diferencia era que ahora sabía qué le estaba pasando. Asociaba el síntoma con la causa.
Ya podía anticipar cómo reaccionar, de qué forma actuar.
Cuando no tenía idea de a qué se enfrentaba, se encontraba completamente vulnerable. Pero en esta ocasión reconocía cada impulso.
La verdadera incógnita era, ¿qué quería que fuera? Eso iba a determinar su comportamiento.
Querría poder decidir fácilmente, afirmando con veracidad su posición frente al tema, sin nada que influyera, salvo su deseo. Pero no podía.
Cuando se enfrenta el mismo dolor más de una vez, y se sabe que muchas veces aparece camuflado, no es tan sencillo confiar en las pieles; se ven todas como disfraces.
El miedo y la posibilidad de sufrir le impedían lanzarse a la piscina. Lograban que dudara si tenía agua, aunque veía el sol reflejado en ella.
Intentaba derrotar a ese enemigo que acompañaba su vida sin cesar; en todo lugar, en cualquier circunstancia. Es que, lógicamente, uno no puede desprenderse de su propia mente.
¿Qué hacía? ¿Se dejaba llevar, lograba estar dispuesta a que la conocieran, sin miedo a que sus errores pudieran alejar lo que quería tener cerca? ¿Y si no lo lograba?
De a poco, y contra su voluntad, sus intentos de reprimirlo fracasaron, y empezó a dudar de cosas que sabía ciertas, de sus sentimientos.
El poder del miedo es incalculable, y lo que dificulta la batalla contra él es que se fomenta de maneras inconscientes e indirectas.
La mayor parte del tiempo no se pone de manifiesto literalmente, y lo sabía. Por eso vivía alerta.
Cuando empezó a creer que no había agua en la piscina, supo que había vuelto.
La felicidad y la excitación que sintió al principio, cuando encontró la piscina, se habían esfumado. Aunque no quería que eso pasara.
Tenía que encontrar la causa de su desilusión para poder vencerla y disfrutar de algo que deseaba tener la posibilidad de disfrutar.
¿Realmente estaba dispuesta a tirarse al agua? ¿Por qué lo estaba meditando tanto?
Se tocó la cicatriz que tenía en la cabeza.
Estaba dando media vuelta para alejarse corriendo de allí, cuando sintió un llamado.
Se dio vuelta y vio, con esperanzado asombro, una mano saliendo del agua, como invitándola a nadar. Asegurándole que no estaba vacía, que solo tenía que atreverse. Porque si sentía miedo o no podía mantenerse a flote, iba a tener en quien apoyarse para salir a la superficie; aunque les costara a los dos.
sábado, 31 de mayo de 2014
miércoles, 14 de mayo de 2014
Recuerdos.
Aquella noche lo vi en una esquina.
Habían pasado veinte años desde nuestro último encuentro.
Dos décadas atrás, en sus treinta, poseía una gran cabellera, aunque
algunas entradas anunciaban una calvicie temprana. Era apuesto, en verdad lo
era. Lo pretendía cada muchacha del pueblo.
Sin duda había cambiado. Pero, aún con los evidentes estragos del tiempo,
lo reconocí en el preciso instante en que mi mirada chocó con la de él.
Sus enormes ojos color miel, tan penetrantes como siempre, parecían
desnudarte el alma con solo mirarte; y, a la vez, eran la puerta hacia la suya.
Era imposible confundirlo con cualquier otro ser humano luego de verlos.
Renació en mí algo que creía muerto hacía ya mucho tiempo.
Me di cuenta de que hay cuerdas que nunca se cortan, solo tienen la
longitud suficiente para que nos movamos libremente. Como una súplica de quien desea cumplir algo que le quedó pendiente, mi
inconsciente logró detenerme donde estaba.
No estoy muy segura de cuánto tiempo pasó realmente hasta que decidí
acercarme, pero lo sentí como una eternidad.
Cuando al fin el miedo se volvió decisión, era demasiado tarde. Había
vuelto a la calle de los recuerdos.
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