martes, 14 de abril de 2015

Ella

     En el pueblo se aconsejaba no acercarse a Ella. Había que esperar a que diera el primer paso por propia voluntad. Incluso peor, estaba prohibido llamarla, mirarla, olerla... Era pecado contactarla de cualquier forma.
     La primera vez que la tuve enfrente -en realidad estaba en todas partes- entendí que ni los optimistas exagerados exageraban en sus exageraciones ni los realistas contaban realmente la realidad.
     Era una sombra sin objeto en un lugar lleno de luces, el profundo silencio de una sala aturdida. Dolía mirarla; cerrar los ojos era en vano, se prendía de los párpados en forma de círculos negros que aparecían y se disipaban con la misma rapidez con que habían llegado. Invadía todos los sentidos; su repugnante olor penetraba por los poros hasta el corazón, impregnándolo de desazón. El aire sabía a esos acolchados que uno deja olvidados en el fondo del ropero cuando guarda agosto y cuando los extrae para abrigar julio apestan a encierro, humedad y abandono. 
     La primera vez que la tuve alrededor entendí por qué las personas le rehuyen y temen. Es increíblemente aplastante, su mera cercanía oprime el pecho. Los sueños corren a esconderse por temor a desaparecer en sus manos, los recuerdos solitarios se apresuran a llegar hasta la mente y tener sus cinco segundos de fama antes de esfumarse para siempre. 
     Todos me habían hablado de Ella. Sabía las características generales que se le atribuían, era consciente de que algunos en el afán de encontrarla habían resultado gravemente heridos y que otros, por no soportar estar sin ella, la buscaban hasta hallarla, dejando a sus allegados desolados por el matrimonio con esa arpía -como suele llamarla la gente que no la conoce-. No obstante, nunca había tenido el valor suficiente para atisbarla. 
     Un día estaba yo en el bar del pueblo, sentado en mi mesa habitual de los viernes, enfrascado leyendo un periódico, cuando mi amigo más íntimo -hermano, me atrevo a decir- se acercó con cautela a donde me encontraba, retiró la silla desocupada, se sentó, cruzó los brazos por encima de la mesa, peinó su ralo bigote, me miró unos minutos sin pestañear, cerró los ojos unos instantes, posó su preocupada vista en mí nuevamente y finalmente tuvo el valor de abrir la boca. 
     - Me ha llamado.
     - ¿Quién? -pregunté incrédulo.
     - Ella -dijo, y ya no pudo pronunciar palabra.
     Quedé atónito, era la primera persona de mi entorno que pasaba por una situación así. Antes, cuando era pequeño, algunos familiares habían sido convocados por Ella, mas mi madre nunca permitió que yo presenciara la unión. 
     - ¿Cómo lo sabes? -fue lo único que atiné a decir.
     - Lo siento aquí -se señaló el centro del pecho-. Muy en el fondo, es como si naciera en mi interior.
     Callamos. ¿Qué más se debe hacer cuando no se tiene nada para decir?
     Unos días después, por primerísima vez en mi existencia, la vi, la olí, la toqué, la sentí. En ese instante, mirando a mi amigo, decidí creer que los soñadores eran realistas. Incluso aunque se hubiera ido con Ella, él aparecería en la mesa del bar algún viernes por la tarde e interrumpiría mi lectura. 
     Quería gritarle que tenían razón los que la tildaban de arpía, que era una maldita perra injusta. Pero no podía, no podía, no podía. No podía porque su eco se me había metido dentro y no conseguía sacarlo; golpearla sería como matar un mosquito contra mi propia frente.
    Una gota resbaló por mi mejilla y empapó la baldosa. Me alejé del ataúd secándome la rabia y la tristeza.