Soy un par de pies, ¿serán mis pies? Los siento propios y lejanos. Pertenecen a un bebé.
Su tamaño va aumentando; ahora perfectamente podrían ser míos. ¿Arrugas? Claramente no son mis extremidades inferiores.
Soy un par de pies, al carajo quien camina.
El camino de piedras sobre asfalto lucha con la tierra que abunda debajo, dispuesta a recuperar sus calles y empolvar todo a su alrededor con el mínimo soplo de viento oceánico.
Piso una colmena sin abejas.
Nuevamente pies. Arena seca, más allá mojada. Atrás el Atlántico impera con incontrolable ímpetu, feroz e impaciente, sacrificando gotas para conquistar el suelo seco; gotas que penetrarán en él y nutrirán sus profundidades.
Me convertí en gota, ¿será el océano menos océano sin mí?
Sacrificio, soy una de esas gotas que abandona a las demás y se sumerge en un nuevo mundo, cambiando el entorno a mi paso.
Sin embargo ahora recorro una enorme piedra entre muchas que sostienen una hermosa casa. Es amarilla como el Sol.
Soy una gota que está en el suelo, esperando a que un dulce niño excave estas tierras en busca de uno de los mayores tesoros de este planeta.
Sufrí una metamorfosis, ahora soy ese pequeño.
A través de sus ojos veo el cielo celeste, las nubes esponjosas. Oigo con sus oídos a los pájaros, la risa de los turistas, un partido de fútbol tenis.
Soy un par de pies, tal vez los del infante. Con ellos llegué hasta un palafito que vence las leyes de la gravedad y la arquitectura.
Es un enorme, viejo y destartalado montón de madera y paja, medio caído para un costado; siempre inmune al paso del tiempo.
Siento algo increíble en mi corazón de retoño. Una de mis primeras certezas, pertenezco a este lugar.
Abandoné la forma humana y me transformé en ese palafito. Por las noches el viento y la marea se transforman en enemigos, grandes monstruos dispuestos a llevarse consigo mi osamenta y todo lo que me compone. Vivo resistiendo. Las horas de Sol disfruto del lugar privilegiado que me tocó, aunque extraño las épocas en las que abundaban los de mi especie. Su energía me nutre de nostalgia y fortaleza, de seguridad. Desaparecer no me va a afectar, soy inmortal.
Veo a alguien que se abalanza corriendo sobre mí. Lee el tatuaje añejo que decora mi parte frontal, lleno de esperanza y admiración.
Soy un par de pies, ahora de adulto. Me alejé de la construcción.
Esta arena en la que me encuentro no es la misma. Siento gritos y resuena una pelota al ser recibida por algún jugador.
Me volví ese balón, viajando por el aire hasta chocar contra el puesto de algún artesano y regresando al juego.
Creo que terminó el partido. Ruedo por una calle de piedra - la misma que antes caminé - hasta una casa de madera. En el exterior hay fuego y varios tambores.
Quiero ser uno de esos instrumentos y lo consigo. El repiqueteo me hace vibrar, al igual que a los corazones de las personas que nos rodean. Colgado de un talí en el hombro de algún candombero disfruto la música y el baile que se formó alrededor. Fiesta. El aire se colmó de ilusiones, sueños, alegría, despreocupación. Gente de todas las edades reunida en un solo ritmo.
Un anciano que no para de sonreír capta mi atención.
Soy un par de pies, ahora del octagenario señor.
La misma calle, no varía el recorrido. Vuelvo a ver la colmena sin abejas, pero aún así llena.
Soy los pies del niño, el adulto y el anciano.
Soy las calles de tierra, el asfalto, las piedras.
Soy la gota que completa el océano y nutre la tierra.
Soy un pequeño jugando sin penas ni pesar.
Soy la construcción más fuerte y luchadora.
Soy el aire que llena los pulmones de quien golpea esa pelota, que también soy yo.
Soy artesano, tamborilero y bailarín.
Soy todo lo que es este lugar, porque su magia transforma mi ser.