martes, 17 de junio de 2014

Encierro

     Estaba en un punto en el que sentía que nunca iba a poder salir.
     Vencida por el cansancio, la frustración, la ira y la impotencia; me convencí de que la resignación era la única opción viable para mí en ese momento.
     Había recorrido esos caminos  millones de veces, y sin embargo, los conocía como a la palma de mi mano.
     Yo misma había sido la creadora, ¿cómo era posible que no recordara dónde estaba la salida?
     Daba vueltas, iba y venía sobre mis propios pasos, para después rehacer el camino.
     Algunos tramos me eran absolutamente familiares, no me presentaban dificultad alguna. Podía describir dónde nacían y morían, o se conectaban con otros.
     Pero otros eran irreconocibles. Parecían moverse mientras no los veía, incontrolables.
En varias oportunidades tuve la certeza de haber dado con la salida, y en todas ellas me choqué con que no estaba en lo cierto.
     Anhelaba salir. Era consciente de todo lo que estaba perdiendo por seguir allí encerrada, pero no podía. Simplemente no podía.
     Hubo una ocasión en la que realmente creí haberlo logrado. Festejé la victoria, inhalé libertad. Estaba extasiada. Todo había terminado, o eso suponía.
     Cuando giré para terminar de contemplar lo que me rodeaba, nuevamente el encierro.
     A veces escuchaba voces provenientes del exterior de los muros, como seres desgañitándose por ser oídos, intentando salvarme.
     Sin embargo, nunca daba con ellas. Caminara hacia donde caminara, seguían siendo lejanas.
     Con todo el tiempo libre del que disponía, claro está, necesitaba distraerme para no volverme completamente loca. Entonces reflexionaba.
     Una de esas tardes, sumida en mis pensamientos, llegué a la conclusión de que la imposibilidad de salida estribaba únicamente en mi postura frente al desafío.
     Me dispuse a enfrentarlo de otra manera, sin cerrarme. Con el aprisionamiento físico me alcanzaba.
     Fue el mayor desafío de mi vida, y, a veces, me sorprende el verme de nuevo ahí, confundida y sola.
     Hasta el día de hoy no recuerdo cómo salir, y tengo que luchar por conseguirlo.

     Tengo claro el por qué. Porque ese laberinto, que solemos llamar mente, lo construimos con los ojos cerrados.