Amaba sentir el calor de su cuerpo junto al suyo. Amaba su olor, su risa. Anhelaba tocar sus manos, siempre frías, incluso en las más calurosas tardes de verano.
Ansiaba encontrar sus labios cuando buscaba quien la besara.
Quería que fuera la respuesta a todas sus preguntas. Su más grande crítico, y, a la vez, el mayor soporte de su vida.
Lo consiguió.
Por momentos, se sintió la persona más afortunada del mundo. En otras ocasiones, aborrecía lo mismo que tanto había buscado.
Se dio cuenta, entonces, que el amor, más que un sentimiento inamovible, se mide en instantes. Puede durar el tiempo que vemos una estrella fugaz, o extenderse toda la vida. No es lineal y continuo, suele latir con gran fuerza y luego amainar, al punto de creer que ya no está. Hasta que algo logra revivirlo.
Lo que tanto cariño le generaba, al instante lo veía como una maña insoportable.
Quizá nunca sabría el verdadero significado del amor, si no odiara con igual intensidad por momentos, lo mismo que amó.
Y, concluyó, que después de todo, el amor no tiene un sentido estricto. Sin enojos, frustraciones, alegrías; sin contradicciones, no sería lo que es. El verdadero amor, para ella, se definía como el menos ortodoxo, el contaminado por ambigüedades que lo volvían, irónicamente, el más puro.
Por fin entendió que por más miedo y rechazo que le generaran las subidas de una montaña rusa, eran la esencia de ella. Si no existieran, el resto carecería de total sentido.
Y se atrevió a amar, sin juzgar, ni juzgarse. Sin cuestionar por qué, de vez en cuando, odiaba el amor.