El dos de marzo de 2003 sería un día
fenomenal. El sol brillaba en un cielo que no estaba obstruido por ninguna
nube. Se suponía que sería una perfecta jornada de playa.
O eso creyeron tres turistas que se
encontraban en el balneario de La Paloma ese día.
Ese verano se llevó a cabo una serie de
obras pro desarrollo en el lugar.
Entre ellas, la creación de una escultura
en conmemoración a la diosa Iemanjá, deidad del mar, perteneciente a la
religión de los esclavos africanos, quienes la representaron blanca y poco voluptuosa
por imposición de sus dueños católicos.
Eran las tres de la tarde cuando el
importante petroquímico nigeriano Kingsley Ogbeide con sus grandes ojos negros,
que encajaban a la perfección en su simétrico rostro, notó que su pequeña hija Mercy
miraba detenidamente la construcción de la estatua.
La niña, con solo tres años de edad,
parecía tan maravillada como un escultor cuando termina su mejor obra. Había un
deje de orgullo en sus ojos, como si esa creación fuera suya. Parecía poseída.
El resto de la tarde transcurrió con normalidad.
Kingsley, su hija y su esposa Bayo disfrutaron de la playa, pero Mercy siempre
miraba a la diosa.
Volvieron a la casa que habían alquilado y
se dispusieron a disfrutar el resto de sus vacaciones.
A las tres de la mañana del tres de marzo
de 2003 Bayo se levantó a la cocina y notó que su hija estaba sentada en el
borde de la cama mirando por la ventana. Tiesa.
Por unos minutos intentó hacerla
reaccionar, pero fue en vano. Le tocó el hombro y cuando logró voltearla, lo
que vio la hizo estremecer. El rostro de su dulce hija estaba absolutamente
desfigurado.
Su esposo al notar que no regresaba a la
cama fue a buscarla, y la encontró petrificada en la puerta del cuarto de
Mercy. Al voltear para ver qué sucedía dentro de la habitación, su hija no
estaba.
Intentó hacer reaccionar a su mujer, pero
no obtuvo respuesta. Su mente ya no estaba en ese cuerpo de labios morados y
blancas mejillas empapadas en frías lágrimas. Solo atinaba a repetir como
desquiciada el nombre de su hija.
Corriendo por la playa como animal que
persigue su presa, Kingsley se dirigió a donde creyó estaría la criatura, junto
a la ya terminada escultura de la virgen.
Cuando llegó vio un resplandor cegador y a
su hija arrodillada frente a Iemanjá. Parecía que la diosa se llevaba el alma
de la niña, quien luego de unos minutos se desvaneció, con los ojos
vacíos.
Los luceros de la diosa, en cambio,
centellaban, llenos de vida.
Precipitándose hacia el lugar, el hombre
pudo descubrir que su pequeña ya no era más que materia inerte.
Un relámpago iluminó el cielo fugazmente, y
en ese instante se pudo ver en una ola el rostro de la niña.
Kingsley se lanzó al océano, buscando a su
hija con fervor, mientras su esposa lo miraba, parada junto al cadáver de Mercy
y gritando tan fuerte como lo hacía en la casa.
Dicen los vecinos que desde ese día, cada
tres de marzo a las tres de la mañana se ve junto a la virgen una niña que yace en el
suelo. Una mujer parada a su lado, despeinada, con la ropa rasgada, grita.
En el mar, perdido entre las olas, un hombre
que nada desesperadamente en busca de algo mientras brama “Mi pequeña, mi
pequeña”.
Y los ojos de la virgen irradian luz.